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La segunda era ferroviaria
Ya es hora de una nueva visión ferroviaria. Pensar en grande.
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Guatemala se encuentra ante una oportunidad histórica que no podemos permitirnos ver pasar de largo. La reciente suscripción de acuerdos con el Ejército de los Estados Unidos para el estudio y desarrollo de un tramo ferroviario es una noticia sumamente positiva. Es un primer paso necesario, pero no debe ser el único. Es el momento de sentar las bases para una segunda era ferrocarrilera que transforme definitivamente nuestra competitividad.
Desperdiciar los activos ferroviarios del país, en estas circunstancias es una locura.
Hace poco más de un siglo, nuestro país vivió su primera época dorada del tren. Compañías inglesas y norteamericanas conectaron los litorales y las fronteras de este a oeste. Aquel modelo de concesiones cumplió su ciclo y, lamentablemente, al caer en la estatización, se hundió en la ruina y el abandono que hoy todos conocemos. Sin embargo, el mundo ha evolucionado y hoy el concepto de ferrocarril es radicalmente distinto.
La clave del éxito en el ámbito ferroviario contemporáneo, especialmente visible en Europa, radica en separar la infraestructura de la operación. Debemos dejar de ver el ferrocarril como una sola empresa que lo hace todo y empezar a verlo como vemos hoy las redes eléctricas o de telecomunicaciones. Se trata de una red por la que circulan “competidores”.
En este modelo, el Estado no necesita ser el dueño de los vagones ni el administrador directo de las rutas. Su función es subastar tramos, horarios (slots) y el uso de infraestructuras en estaciones y puertos. Quienes más ofrecen por ese uso adquieren el derecho de operar, compitiendo entre sí para ofrecer el mejor servicio de transporte de pasajeros o de carga. El Estado ni siquiera tiene que construir la vía con fondos propios; puede licitar su desarrollo a empresas especializadas.
¿Qué pasa con los obstáculos tradicionales, como la ocupación de los derechos de vía? La solución debe ser pragmática y financiera, no política. El costo de reasentar a los ocupantes es ínfimo comparado con el beneficio nacional de una red activa. Ese gasto puede financiarse mediante bonos del tesoro a cien años plazo. La lógica es simple: es infinitamente más caro para Guatemala no tener ferrocarriles que pagar por despejar el camino para ellos.
La idea de la red ferroviaria como una infraestructura abierta a múltiples competidores es poderosa. Es la misma lógica que revolucionó la telefonía y la distribución de energía: cuando hay competencia en la red, los precios bajan y la eficiencia sube.
No podemos permitir que pasen otros cien años para recuperar nuestra conectividad ferroviaria. El acuerdo con Estados Unidos. es el motor de arranque, pero la visión debe ser sistémica y ambiciosa. Es hora de dejar atrás el trauma de la ruina estatal y abrazar un modelo de competencia y modernidad. Guatemala necesita moverse, y el tren es una opción concreta y realista para descongestionar las carreteras.
Ahora bien, el punto más importante es que, en el supuesto de que la vialidad en Guatemala no estuviera en situación crítica, sería económicamente irracional desperdiciar unos derechos de vía que unen al resto de Centroamérica con México y Norteamérica y al Caribe, la costa este de los Estados Unidos y a Europa con la costa oeste de los Estados Unidos, el Asia y la costa oeste de Sudamérica. Pero, siendo la vialidad en el país uno de los principales problemas en la actualidad, desperdiciar esos activos, es una locura.