Crecer no es lo mismo que prosperar
Bryan Chacón: Profesional de las Relaciones Internacionales, consultor en cooperación internacional y estrategia política, catedrático universitario y emprendedor. Cuenta con experiencia en liderazgo de equipos, gestión de proyectos, planificación estratégica y fortalecimiento institucional. Posee formación en diplomacia, geopolítica, gestión pública, liderazgo político juvenil y comercio internacional, complementada con certificaciones en ciberseguridad y gestión de proyectos. […]
Bryan Chacón: Profesional de las Relaciones Internacionales, consultor en cooperación internacional y estrategia política, catedrático universitario y emprendedor. Cuenta con experiencia en liderazgo de equipos, gestión de proyectos, planificación estratégica y fortalecimiento institucional. Posee formación en diplomacia, geopolítica, gestión pública, liderazgo político juvenil y comercio internacional, complementada con certificaciones en ciberseguridad y gestión de proyectos. Su perfil integra análisis político, gobernanza y cooperación internacional con una visión estratégica orientada al desarrollo institucional y la integración regional.
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Guatemala exhibe estabilidad y crecimiento sostenido, pero el PIB no dice cuántos guatemaltecos viven mejor.
¿Qué clase de éxito económico convive con casi la mitad de la población en pobreza? El de Guatemala. Según el Banco Mundial, el país creció 4.3 % en 2025 (estimación) y su deuda pública ronda el 27 % del PIB (estimación para 2026): un orden macroeconómico envidiable en la región. Sin embargo, en 2023, último dato observado, el 47.3 % de los guatemaltecos vivía con menos de 8.30 dólares diarios, la línea que el organismo usa para países de ingreso mediano alto.
El dilema no es solo guatemalteco. El PNUD insiste en que el desarrollo consiste en ampliar las vidas que las personas tienen razones para valorar; el producto es un medio, no el fin. El PIB suma lo producido, pero no distingue quién lo produce, cuánto se lleva cada quien, ni si ese ingreso alcanza para comer bien, aprender o enfermarse sin quebrar. Una economía puede crecer con empleos precarios, salarios bajos y servicios que no llegan
Guatemala ilustra el mecanismo. Entre 2015 y 2025 creció en promedio 3.6 % anual y el Banco Mundial estima que la pobreza bajará apenas a 45.4 % en 2026 (proyección): menos de dos puntos porcentuales respecto de 2023. El organismo atribuye el avance de 2025 a mayores remesas y consumo privado: el crecimiento llega por el bolsillo de quienes emigraron, no por una economía que multiplique empleos buenos. La informalidad, aunque bajó, seguía en 64.9 % en el primer trimestre de 2026. Solo el 47 % de las mujeres participa en el mercado laboral, frente al 83.5 % de los hombres, y su ingreso equivale en promedio a tres cuartas partes del masculino. Y, según el Banco Mundial, la desnutrición crónica afecta al 46 % de los menores de cinco años: la desigualdad se hereda antes de que el niño pueda competir.
Correlación no es causalidad, pero el patrón apunta a causas estructurales. La primera es un Estado sin recursos: según el informe de estadísticas tributarias de OCDE, CEPAL, CIAT y BID, Guatemala recaudó 14.3 % del PIB en 2024, frente a 21.7 % del promedio regional. Con ese presupuesto, ni la mejor gestión financia nutrición, escuelas y salud. La segunda es la calidad del gasto: el FMI advirtió en 2025 que un crecimiento inclusivo exige mejor gobernanza y mejor calidad del gasto público. La tercera es un mercado laboral donde la mayoría trabaja fuera de la protección social. El PNUD ya había señalado que, en 2019, Guatemala era el país latinoamericano que más desarrollo humano perdía por desigualdad.
Culpar solo al Estado es cómodo e incompleto. El sector privado, principal beneficiario de la estabilidad, también responde por el empleo formal y el cumplimiento tributario; las instituciones, por convertir presupuesto en resultados; y la política, por no renegociar un pacto fiscal que deja al Estado sin margen.
Hay salidas realistas: modernizar la administración tributaria y reducir la evasión antes de discutir tasas; atar el gasto a metas verificables en nutrición y educación temprana; y abaratar la formalización de las pequeñas empresas, para que registrarse cueste menos que seguir al margen. Nada de esto exige elegir entre crecer y repartir: sin ingresos públicos no hay servicios, y sin servicios el crecimiento se agota.
Propongo medir el progreso con preguntas más modestas que el PIB: ¿cuántos niños crecen sin hambre?, ¿cuántos trabajadores tienen contrato y protección?, ¿cuántas mujeres pueden emplearse? Un país que crece pero no sabe responderlas, está más cerca de la estadística que del desarrollo.