Hubo un Embajador que vino a Guatemala y era, para la Guatemala de entonces, todo un acontecimiento.
Del “Despacho Presidencial”, del expresidente Juan José Arévalo Bermejo, he tomado buena parte del texto de esta columna, dado cierto parecido con la actualidad.
Guatemala siempre ha sido socio, aliado y amigo; y se merece respeto.
Hubo un Embajador que vino a Guatemala y “era, para la Guatemala de entonces, todo un acontecimiento. Las minorías regresivas lo esperaban como a un salvador. Todos ellos estaban enterados que se trataba de un hombre de carácter enérgico, es decir, muy distinto al anterior Embajador; que era, además, hombre de la United Fruit”. Los antigobiernistas, como lo habían repetido durante tres años, susurraban entre ellos: “Ahora sí cae Arévalo”.
El Embajador “no hablaba una palabra en castellano, y yo no tenía ninguna obligación de mascullar frases en inglés”, afirmó Arévalo. Pero le informó al Presidente de Guatemala, sobre “cuáles eran los problemas que confrontaba la United Fruit. Todo giraba alrededor del Código de Trabajo. La Empresa frutera seguía en su posición rebelde: no admitirlo como ley para los norteamericanos que trabajaban y negociaban en el país”.
“Aquel Embajador carecía del talento indispensable en un diplomático. Era accionista de una fábrica norteamericana de plumas fuente… se jactó en una segunda entrevista”. Y por medio del traductor expresó: “Dígale al Señor Presidente que yo soy hombre de negocios y que hablo poco.” Y el presidente le contestó: “Por favor; dígale usted al Señor Embajador que yo soy político y que hablo mucho.” Ya el mandatario guatemalteco había sido prevenido por un diplomático sudamericano, que, “a pedido de la United Fruit vendrá a Guatemala un nuevo Embajador norteamericano, de apellido Patterson, el cual trae instrucciones precisas en el sentido de provocar la caída de usted”. Este Embajador “concurría a reuniones en la alta noche, en casa de familia particular, en las que se daban cita algunos de los más enconados enemigos del régimen, conspiradores habituales.” Salía de la embajada, “por la puerta trasera, en un jeep, disfrazado, cubiertas la boca y las narices con una bufanda… para llegar al domicilio donde los conjurados urdían planes optimistas.” Ante esto, lo que procedía “era pedir a Washington el retiro del Embajador”.
El Ministro de Relaciones Exteriores “salió inmediatamente para Washington y desde nuestra Embajada allá presentó un memorándum en nombre del Presidente Arévalo: La vida del Embajador Patterson corre peligro. Aconsejamos su retiro inmediato del país.” El Departamento de Estado obró inmediatamente y el Embajador “salió, otra vez en su jeep preferido, pero hacia el aeropuerto… huyó del país, con la ropa que llevaba puesta. Horas más tarde… tomaban la misma ruta… los entusiastas conspiradores que deseaban gobernar Guatemala con auxilios extranjeros.”
Casi 80 años después, el actual mandatario guatemalteco, hijo de aquel presidente, en conferencia de prensa afirmó que se intentaba aparentar que la Embajada de los Estados Unidos en Guatemala estaría pidiendo votar por candidatos que, en su opinión, “no son íntegros”, calificando la situación como “altamente irregular y preocupante”. Como sabemos, de boca de diputados que habrían grabado las llamadas, quedó sembrada la duda si hubo presiones, tanto locales como extranjeras.
Así que no solo se debe hablar de “un pueblo digno” como repite la publicidad oficial, sino también se requiere de “gobernantes dignos”, en el Ejecutivo, Legislativo y Judicial, incluyendo la Corte de Constitucionalidad y el Ministerio Público. Antes, como ahora, Guatemala siempre ha sido socio, aliado y amigo; y se merece respeto y, aun reconociendo las diferencias, debe darse a respetar.