Nuestra democracia a un año de la convocatoria a elecciones generales
Es conocida, y trillada, la frase del genio W. Churchill: “la democracia es el peor sistema político, a excepción de todos los demás”. Después de todo, la democracia no garantiza la libertad; es una forma de imposición: la del fantasma de la mayoría. Esa mayoría no atiende necesariamente a los ideales de la justicia y […]
Es conocida, y trillada, la frase del genio W. Churchill: “la democracia es el peor sistema político, a excepción de todos los demás”. Después de todo, la democracia no garantiza la libertad; es una forma de imposición: la del fantasma de la mayoría. Esa mayoría no atiende necesariamente a los ideales de la justicia y la libertad. ¡No! Kant, otro genio, detectó una gran incongruencia en el sistema democrático: “La democracia establece un poder ejecutivo (…) cuya opinión pueda diferir de la voluntad de todos, por lo tanto, no es opinión de todos, lo cual es contradictorio y opuesto a la libertad”. En otras palabras, hay que distinguir dos momentos: cuando se emite el sufragio y cuando se somete a los decretos de los gobernantes elegidos. En el primer escenario el ciudadano es libre de votar por quien lo “haya convencido”. ¡Viva la libertad! Pero, en el segundo escenario es esclavo de las decisiones del presidente y del congreso. Para ponerle algo de estadística: la democracia brilla con todo su esplendor para la elección de primer grado y el balotaje (en nuestro país corresponde, más o menos a junio y agosto). Dos días de gloria, ¡albricias! pero son dos días ¡cada cuatro años! Una vez termina el recuento de votos, la libertad ciudadana queda aherrojada, amarrada por los esquemas formales del “orden democrático”. Ello implica un distanciamiento, realmente un “divorcio”, entre el pueblo elector y las autoridades constituidas.
Por ejemplo, un gran sector de la población exige reducción en el número de diputados, de 160 a 80, o a 100. Igualmente se escucha el reclamo por una votación nominal, personal, para elegir como diputado a una persona no el color de una banda. También suena la petición de la no reelección de alcaldes ni diputados. Traigo a colación la exigencia que Guatemala se retire del “Barlacén” (recuerdo que alguien dijo eso). Pero, en todas las peticiones anteriores: “no se escucha, padre”. Como lo expuso Bukowski: “La diferencia entre una democracia y una tiranía consiste en que una democracia puedes escoger, pero antes de obedecer”.
Se suma a lo anterior la demanda por rendición de cuentas, después de todo quienes ocupan un cargo lo hacen por elección (o por nombramiento hecho por los que a su vez fueron electos). Hasta cuándo van a entender que estamos en una “res-pública”, cosa pública y que los funcionarios son servidores del pueblo. Que sus puestos son temporales y sus poderes limitados al ejercicio del bien común.
El ya citado Winston también dijo: “El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un votante promedio”. En otras palabras, la democracia prueba que “la mayoría de los tontos están del mismo lado”.
Ello descubre la existencia de un “despotismo tiránico” frente a un “despotismo constitucional”. En todo caso, al decir de Borges: “La democracia es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística”. Más incisivo Henry Louis: “La democracia es la creencia patética que la sabiduría colectiva surge de la ignorancia individual”.
Pero, regresando a Churchill, democracia es lo que tenemos. Por bien o por mal, como me dirían en el mercado: “no hay de otra”. Dentro de un año estaremos convocados a las urnas. ¿Por quién votar? No hablo solo del ejecutivo, también de diputados y de alcaldes. Empiezan los despliegues publicitarios y es que la política, en el marco de una democracia (un voto por persona), es una cuestión de marketing. Ya lo dijo Hobbes: “Una democracia no es más que la aristocracia de los oradores, interrumpida a veces por la monarquía temporal de un orador”.
De la misma forma que un comerciante procura clientes, un político persigue votos. Ambos hacen acopio de las herramientas disponibles para convencer al público. En el comercio el mensaje más socorrido es el clásico 3B, “bueno, bonito y barato”. En la política se repite, hasta la saciedad, el mismo discurso: el de un “cambio”. Esa propuesta parte de la premisa que todo lo anterior, todo hasta la fecha, está mal. Pero, tranquilos, se anuncian los superhéroes que van a combatir la corrupción, a los aprovechados, oportunistas, ignorantes, sesgados, etc. “Change”, dicen los políticos gringos. De la mano del cambio viene la oferta de mejor nivel de vida: seguridad, carreteras, hospitales, educación pública, empleo, etc. El repetido lamento de principios del siglo pasado: “París se encuentra en manos de la más avanzada demagogia”. Y, al decir de un gran político francés, Clemenceau: “Gobernar sería tan fácil si no hubiera que ganar constantemente elecciones”.
Claro, para desplegar esas campañas publicitarias se necesita dinero, al igual que en los negocios. Nadie quiere poner de su bolsillo, salvo garantías de retorno. La gran mayoría no tiene esa capacidad (pero espérense que lleguemos a la Guayaba o al menos al Congreso). Pero para eso están los grupos de interés que canalizan sus aportes a través ¿de quién? Pues, de los partidos políticos.
En la política, como en todo negocio, hay directores que actúan a corto plazo y otros que planifican para mediano y largo plazo. Entre los primeros están aquellos que quieren llenar sus alforjas sin importarles las consecuencias de su latrocinio. Quieren estos culminar sus sueños de hacer pisto. “Aprovéchate Matías que esto no es de todos los días”.
Son despreciables los que operan a corto plazo pensando sólo en el interés de sus narices. ¿El pueblo? Que se joda la gente pendeja que votó por mí, primero voy yo, algún premio debo tener de tantos años de estar en la brega. Pero los otros, los que prevén un futuro más extendido dan a preocupación.
Pero hay un elemento de cambio que aporta alguna esperanza. La propagación de las plataformas en las redes. No porque digan la verdad ¡Qué va! Pero sí porque rompen el monopolio de la comunicación y en la avalancha de información el ciudadano promedio podrá discernir qué información es “paja” pero también cuál es consistente, congruente. Y que, en consecuencia, tome sus decisiones. Tenemos un año para meditar. Pensemos bien y obliguemos a los partidos a que propongan candidatos con buenos perfiles.