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Mi viejo, mi querido viejo

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Mi viejo, mi querido viejo
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La música pone alegría en nuestros corazones. A veces pone nostalgia. En todo caso nos acompañan en los recodos del sendero de la vida y resaltan un momento o temporada especial. Remembranzas de amor, de familia, de juventud, Navidad, la patria. Muchas canciones nos las apropiamos, las hacemos “nuestras”, como nuestra canción de novios o […]
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La música pone alegría en nuestros corazones. A veces pone nostalgia. En todo caso nos acompañan en los recodos del sendero de la vida y resaltan un momento o temporada especial. Remembranzas de amor, de familia, de juventud, Navidad, la patria. Muchas canciones nos las apropiamos, las hacemos “nuestras”, como nuestra canción de novios o la que tocaban cuando nos encontramos; esas tonadas nos trasladan hacia algún momento o sentimiento vivido. Resaltan nuestras emociones básicas, comunes a todos los humanos, a la esencia de la humanidad que todos compartimos. En ese sentido son nuestros tesoros, nuestras remembranzas particulares, muy personales; pero hay otras composiciones que se han sabido ganar un lugar indiscutible en el inconsciente colectivo y que formalizan determinada ocasión. Haciendo clara abstracción de los himnos nacionales que encienden el pecho de los patriotas, así como de las de contenido ceremonial religioso, que elevan el alma, hago referencia a las siguientes.

Entre las más comunes están “Las mañanitas del rey David” es un “himno” imprescindible en las primeras horas del cumpleañero/a. Es el despertar, con alegría, a un nuevo ciclo alrededor del sol. Cabe también la versión estadounidense: el Happy Birthday (que bien se canta en español: “aunque sea un pedacito”.) Por su parte, si escuchamos la “Marcha Nupcial” de Mendelssohn nos volteamos esperando ver a la novia avanzar por el centro del templo. Es el himno indiscutible de los enlaces matrimoniales: “ya se casó, ya se fregó”.

Para dentro de pocas semanas sonará “Auld Lang Syne” marcando el cierre oficial de un año y el inicio del nuevo. No se puede descolgar el almanaque sin entonar las notas tristes de “should auld acquaintance be forgot, and never brought to mind?” “Amazing Grace” es un cántico de esperanza, de recuperación: “I once was lost but now I am found”.

En otro contexto, el que se eleva como himno extraoficial para ocasiones más solemnes, donde se atiende los valores de la armonía y de la humanidad, es, sin duda alguna la 9a. sinfonía de Beethoven. Sublime. “Escucha hermano la canción de la alegría” (en versión en castellano). En un sesgo religioso, cuando escuchamos el Mesías de Handel, o el Jesús Alegría de los hombres, de Bach, nuestro espíritu parece impulsado por turbinas que nos trasladan más allá del sol. Mayores alturas alcanzamos con las sublimes notas del Ave María de Schubert. Todas esas sintonías nos transportan a otras dimensiones muy por encima de los rastreros pasos polvorientos del tránsito cotidiano.

Pero son pocas esas canciones que alcanzan la cumbre de las consagradas. Son las indiscutibles. Muchas otras procuran, hacen méritos, y acaso algún día ocupen un privilegiado lugar. Entre ellas: “For he is a jolly good fellow” (porque es un buen compañero), o “We are the champions” de Queen; también merecen un espacio las “Noches de boda”, de Sabina o el “Eres tú”, de Mocedades.

Y es en este grupo de fuertes candidatos que quiero incluir la preciosa composición: “Viejo, mi querido viejo”. El himno del Día del Padre. Una canción compuesta por quien entonces era un seminarista, Piero Antonio Franco de Benedictis, italo-argentino, quien acaba de fallecer en este mes de octubre, a sus 81 años. Al parecer, la letra y música corresponden al poeta argentino José Tcherkaski, pero quien primero la cantó y la difundió y compartió con el mundo fue Piero. Desde su primera presentación, en 1969, esa cadencia y letras se han ido posicionado como un emotivo homenaje a la figura paterna, a la sangre que se transmite de las venas viejas a las nuevas arterias, la nostalgia por el paso del tiempo y la brecha generacional. A la estafeta que se transmite de padres a hijos.

Contiene la canción exquisitas figuras retóricas como: tiene “la tristeza larga”, “historia sin tiempo”, “como perdonando el viento”. Resalta la pieza esa característica de todos los viejos de “andar solos” y al mismo tiempo “esperando”. Esperando ¿qué? Pregunta que cobra especial sentido por parte de aquellos que llevan una vida “esperando”. La vida es una constante espera.

Recuerdo a más de algún compañero en aniversarios de la promoción quien, aupado por unos vinitos, se le humedecían los ojos al escuchar el estribillo de la canción, pensando en los que en ese entonces eran los viejitos, nuestros papás o acaso los abuelos, que ya caminaban lerdos, con “una figura pesada”. Nosotros, a la sazón, éramos ágiles y optimistas; el futuro estaba lejano. Y como veinte años no es nada, y otros veinte, tampoco. Ahora, esos mismos “nosotros”, somos los que cargamos con la “tristeza larga” y caminamos con el “paso lerdo”; como a todos “la edad se nos vino encima, sin carnaval ni comparsa”. Nosotros, los de ayer, no podemos ahora no contener una lágrima, hasta sin necesidad de licor (el médico nos lo ha prohibido a muchos) cuando escuchamos esta canción y recordamos a aquel viejito que nos acunó de niños y nos presentó a la vida.

El ritmo de la canción, especialmente acompañada de guitarra, tiene una cadencia que va de la mano con ese personaje que ya camina lerdo de “tanto venir andando”. Pero acaso la reflexión de más peso es reconocer lo inevitable: “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte” y por eso debemos aprender a convivir con “nuestro silencio y nuestro tiempo ”, y cargando ese dolor que “llevamos dentro”. ¿Dolor?, acaso sí, pero mayor es la felicidad de estar vivo y darle gracias a Dios.

Gracias Piero por habernos compartido esa preciosa reflexión acompañada de música. Descansa en paz.

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