Lula nos enseña: Unidad sin unicidad
La izquierda brasileña logró lo que parecía casi imposible. La derrota de Lula en la primera vuelta, el apoyo descarado e injerencista de Trump, las últimas maniobras de empresarios del transporte vinculados a redes delincuenciales, la existencia de un panorama adverso al progresismo en América Latina y algunos otros factores, todas esas circunstancias presentaban un […]
La izquierda brasileña logró lo que parecía casi imposible. La derrota de Lula en la primera vuelta, el apoyo descarado e injerencista de Trump, las últimas maniobras de empresarios del transporte vinculados a redes delincuenciales, la existencia de un panorama adverso al progresismo en América Latina y algunos otros factores, todas esas circunstancias presentaban un panorama sombrío para poder imaginar la victoria de Lula.
Sin embargo, aquí estamos las izquierdas a nivel continental eufóricos ante lo sucedido.
Considero que es importante analizar este triunfo para aprender algunas lecciones, como las siguientes:
1) Los espejismos nos confunden. Comprendamos que no basta definirse de izquierda, o progresistas, para que el pueblo nos vea como su expresión política. Es más, esto podría hasta ser contraproducente si no se expresa en hechos que así lo demuestren.
2) La corrupción nos descalifica. Nos deja como farsantes absolutos. Sea que ésta se practique por ambiciones personales o de grupos o porque caemos en ello “para poder gobernar”.
3) La necedad nos ciega. Me refiero a la existencia de supuestos líderes o partidos que se consideran legítimos porque han tenido la necedad de sobrevivir. Así como lo lee. Neciamente consideran que la sola sobrevivencia los legitima, sin haber logrado el reconocimiento popular como tales.
4) La mesura, tan importante como actitud en la vida, nos puede castrar. Me refiero a que en circunstancias críticas sobredimensionemos la capacidad que podamos tener de convencer a quienes ideológicamente nos adversan, para poder contar con ellos como aliados confiables y desde esa ingenuidad distanciarnos del pueblo.
5) La torpeza de la soberbia. Entre las izquierdas con mucha facilidad descalificamos a nuestros similares ideológicos, porque no los consideramos tan puros como nosotros. Nos aferramos a nuestras consignas, a nuestras historias de vida individuales o colectivas, para desde allí ver con desdén a quienes deberían ser nuestros compañeros de viaje.
6) Los egos y las ambiciones que acompañan estos devaneos nos distancian de lo importante, que siempre es la comprensión de la realidad. Desde esta debilidad psicológica, y a veces psiquiátrica, lo usual es que caigamos en la adicción al poder político. Y desde ahí en adelante nos aferramos a él.
7) La incapacidad de entender la “modernidad” en la comunicación social, no digamos en la política, especialmente en la relación con las juventudes. La capacidad alienante que las nuevas formas de comunicación han demostrado, nos hace difícil entender que éstas finalmente son instrumentos. Y que un instrumento es como un arma, dispara para el lugar al que apuntemos; y
8) Para finalizar, el fenómeno brasileño que ahora vivimos nos muestra la vigencia que tiene para las izquierdas los añejos sueños de nuestra generación en el esfuerzo por ser revolucionarios. Ya en 1966 las izquierdas de América Latina, Asia y África, reunidos en La Habana, en lo que se denominó la TRICONTINENTAL, anunciaban al mundo la consigna de “Unidad, sin unicidad”. Por cierto, en esa ocasión, estaban presentes, entre otros 84 líderes revolucionarios, el “Che” y Luis Turcios Lima, entonces Comandante en Jefe de las FAR de Guatemala. Esta sabia orientación estratégica reconocía que no hay una sola izquierda, que hay pluralidad de izquierdas, pero que la unidad de ellas es indispensable.
Por eso para nosotros en Guatemala, lo sucedido en Brasil puede ser una inspiración para decidirnos a participar en las próximas elecciones como izquierdas, sin corrupción, sin ceguera, con mesura no castrante, sin egos ni ambiciones particulares, sin adicciones patológicas al poder (o a creer que se tiene), reconociendo nuestra pluralidad, tan indispensable, como insuficiente.
El camino es la unidad sin unicidad. Así podremos, el año entrante, enfrentar electoralmente a los partidos que representan a las redes político criminales, a la engañosa actitud democrática de ciertas cúpulas empresariales y al poderoso tiburón del norte, ese que bien sabemos porque nos lo enseñó el expresidente Juan José Arévalo, siempre se termina comiendo a las sardinas.