Ilusiones democráticas (Parte 1)
De niños, recuerdo, hoy que a lo lejos escucho la narración de la Vuelta Ciclística a Guatemala. En pequeños grupos de amigos de la Colonia Molina de Quetzaltenango escuchábamos la intensa narración, de las cuales, la más intensa era la Etapa Reina, una travesía que empezaba a casi cero metros sobre el nivel del mar […]
De niños, recuerdo, hoy que a lo lejos escucho la narración de la Vuelta Ciclística a Guatemala. En pequeños grupos de amigos de la Colonia Molina de Quetzaltenango escuchábamos la intensa narración, de las cuales, la más intensa era la Etapa Reina, una travesía que empezaba a casi cero metros sobre el nivel del mar y debía terminar a casi dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Había que subir medio volcán Santa María por la ruta que en su mayoría tomaron los españoles aquel 1524, con el apoyo de los cientos, si no miles, de tlaxcaltecas y otros mexicas que los acompañaron.
Nos ilusionaba todo. Luego de que algún ciclista colombiano había ganado la etapa reina y por ende la vuelta, sacábamos nuestras bicicletas y empezaba nuestra cabalgata en el caballo de acero. Eran épocas de vacaciones; no sentíamos el día. Ya cansados, corríamos a la casa de doña Ofe a ver el Zorro o el Llanero Solitario. Nada de eso era pura observación porque luego jugábamos al Zorro o al Llanero Solitario, donde casi nadie quería ser Bernardo ni tampoco Toro.
En época del beisbol norteamericano, que erróneamente se ha llamado beisbol mundial, también mirábamos alguna parte de algún partido, porque los sentíamos muy largos. Pero luego, la Pinada o los jardines del Parque de la Colonia eran los testigos mudos de nuestro juego de pelota chica, haciendo equipos cuyos nombres no podíamos pronunciar muy bien: los Dodgers o los Yanquis. Y así, con las actividades de circo. Cierto, íbamos al circo REX a ver a Tarzán López detener esas enormes llantas de tractor con su abultado estómago o entrar a una jaula con leones realmente hambrientos. Pero no solo mirábamos una función del circo, sino que luego íbamos a jugar de circo y así la vida infantil se nos fue entre las ilusiones diarias de vivir.
Ya en la adolescencia, todos los amigos de infancia tomamos para diferentes direcciones y con eso nuestras ilusiones. Ahora que recuerdo esos días de infancia, no recuerdo siquiera haber pensado sobre la democracia, pero en la infancia vivíamos en democracia. De niños, de niñas, los juegos debían consensuarse. No había forma de que el autoritarismo se apoderara de nuestros juegos, aunque de vez en cuando el dueño de la pelota de fútbol se llevaba la misma cuando no le gustaba algo. De a poco tomamos conciencia de que el país vivía una intensa guerra. Empezaron los viajes a la capital por razones de estudios universitarios y no había viaje donde no nos bajaran los militares buscando guerrilleros.
Entonces vino la “democracia” y apareció una nueva ilusión, ya no para un grupo de niños, sino para un país. Ya en 1944, con nuestros padres siendo jóvenes, habíamos creado la ilusión de la democracia con la Revolución de Octubre de 1944, la que nos dejó tantas instituciones democráticas, hoy cooptadas por una falsa democracia. Luego vino la guerra civil y sus doscientos mil muertos. Así, nuestras ilusiones de niños, nuestras ilusiones de estudiantes universitarios y la muerte de miles de miles de guatemaltecos que entregaron su vida se fueron perdiendo, se fueron escapando como los miles de cadáveres tirados en el río Motagua. Ahora nos encontramos en una nueva encrucijada. Aún no hemos sido capaces de construir la democracia que como país necesitamos.
Las ilusiones no desaparecieron; se transformaron. De las bicicletas y el Zorro pasamos a la ilusión de que las urnas, por sí solas, bastaban. Votamos, nos decepcionamos, votamos otra vez. Es el mismo ciclo del niño que corre detrás de la pelota hasta que el dueño se la lleva. Manuel Castells lo describe con precisión en Ruptura: no es un rechazo a la democracia, sino una ruptura profunda con la democracia liberal tal como existe, esa que prometió representarnos y terminó diciéndonos “no nos representan”. En Guatemala esa ruptura es antigua y brutal. Desde 1954, las élites depredadoras —la oligarquía de siempre, ahora aliada con redes narcofinancieras— han decidido quién gobierna. Las instituciones nacidas en 1944, las que debían sostener la soberanía del pueblo, fueron cooptadas. El Ministerio Público se convirtió, durante años, en el brazo ejecutor del pacto de corruptos. La justicia no investigó; criminalizó. Los jueces no protegieron; protegieron intereses. La Constitución se volvió un laberinto diseñado para que nadie pudiera salir del círculo. Esto es lo que debemos corregir. Este es el camino que debemos caminar para que por fin tengamos democracia. Ese será el tema de mi siguiente entrada. Hasta la semana entrante, queridos lectores.