El agua del desierto y su infraestructura estratégica
Durante más de un siglo, el petróleo ha sido considerado el recurso estratégico más importante del Medio Oriente. Sin embargo, en el siglo XXI es otro el recurso que se ha vuelto más crucial para la supervivencia de la región, este es el agua potable. En vastas zonas del planeta, dominadas por desiertos, escasez de […]
Durante más de un siglo, el petróleo ha sido considerado el recurso estratégico más importante del Medio Oriente. Sin embargo, en el siglo XXI es otro el recurso que se ha vuelto más crucial para la supervivencia de la región, este es el agua potable. En vastas zonas del planeta, dominadas por desiertos, escasez de ríos y acuíferos sobreexplotados, la vida cotidiana de millones de personas depende de una tecnología que hace apenas medio siglo parecía de ciencia ficción, la desalinización comercial del agua de mar.
Hoy, las plantas desalinizadoras constituyen, junto a las instalaciones productoras del petróleo y gas, una de las infraestructuras más críticas y estratégicas en el Medio Oriente. Sin ellas, las grandes ciudades que hoy bordean la península arábica en el Golfo Pérsico o aquellas otras en el Mediterráneo oriental simplemente no podrían existir.
El llamado Medio Oriente es una región que depende del mar para beber. Su enorme riqueza petrolera y el rápido crecimiento de la población ha hecho posible que allí se concentre aproximadamente el 40 por ciento de la capacidad mundial de desalinización, con quizás miles de instalaciones a lo largo del Golfo Pérsico y la costa del Mediterráneo oriental.
Gracias a esta tecnología, el agua del mar es convertida en agua potable que abastece hogares, hospitales, industrias y las poblaciones de las modernas ciudades que han crecido como hongos en los últimos cincuenta años gracias a su riqueza petrolera.
La dependencia de esta tecnología de algunos países de la zona es verdaderamente extraordinaria y sin duda peligrosa, especialmente ahora que Israel y los Estados Unidos han desatado una segunda feroz guerra contra Irán. Por ejemplo, en Kuwait cerca del 90 por ciento de su agua potable proviene de la desalinización. En Arabia Saudita, aproximadamente el 70 por ciento del agua que consume procede de plantas desalinizadoras y en Omán alrededor del 86 por ciento del suministro urbano depende de esta tecnología.
En los Emiratos Árabes Unidos (EAU) cerca de 40 o 42 por ciento del agua utilizada se produce por desalinización de agua del mar. Israel también depende peligrosamente de las plantas desalinizadoras que producen alrededor de la mitad del agua potable que el país consume, agua que proviene de sus grandes instalaciones costeras.
Estas cifras muestran una realidad sorprendente, una buena parte de la población del Golfo literalmente bebe agua producida industrialmente a un altísimo costo energético que solo ellos pueden sostener.
Arabia Saudita es sin duda el gigante mundial de la desalinización siendo el mayor productor de agua desalinizada del planeta. El país opera decenas de plantas gigantes en el Golfo y el Mar Rojo que abastecen ciudades como Riad, Yeda y Dammam. Muchas de estas instalaciones están integradas con centrales eléctricas, formando complejos industriales que producen simultáneamente electricidad y agua potable. Esta interdependencia convierte a las plantas desalinizadoras en una infraestructura crítica de su seguridad nacional.
Algunos analistas han advertido que, si estas instalaciones fueran destruidas o paralizadas, la mayoría de las ciudades sauditas enfrentarían de inmediato, en cuestión de días, una crisis de agua.
En Israel esta tecnología se ha desarrollado para vencer la escasez del vital líquido. Israel desarrolló uno de los sistemas de desalinización más avanzados del mundo. Sus gigantescas plantas mediterráneas han transformado completamente su seguridad hídrica superando la histórica escasez de agua, logrando estabilizar incluso el nivel del Mar de Galilea. Sin embargo, el sistema depende de un número limitado de plantas costeras, lo que introduce una vulnerabilidad estratégica en caso de un conflicto como el que hoy se vive.
Pará Kuwait y los estados del Golfo, la dependencia es casi total. El caso más extremo es Kuwait. El país prácticamente no tiene fuentes naturales de agua dulce y depende casi totalmente de la desalinización. Las reservas estratégicas de agua del país podrían sostener el suministro solo durante unos pocos días si la producción se interrumpiera. Esto significa que la continuidad del Estado moderno kuwaití depende de un pequeño número de instalaciones industriales.
La situación es similarmente grave en otras ciudades del Golfo como Dubái o Doha, donde millones de personas dependen directamente de estas vulnerables y estratégicas plantas tecnológicas.
Irán por su parte muestra una menor dependencia del agua desalinizada, pero sin embargo también sufre una crisis hídrica profunda que no es menos preocupante. A diferencia de los países árabes del Golfo, Irán obtiene la mayor parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos subterráneos. Solo alrededor del 3 por ciento del agua potable del país proviene de la desalinización, a pesar de que el país opera unas 75 plantas desalinizadoras principalmente en la costa del Golfo Pérsico.
Esto significa que Irán depende mucho menos que sus vecinos de esta increíble tecnología. Sin embargo, el país enfrenta una grave crisis hídrica estructural. Sequías prolongadas, sobreexplotación de acuíferos y mala gestión agrícola han llevado a niveles extremadamente bajos de agua en embalses y reservas.
Paradójicamente, la limitada infraestructura de desalinización iraní hace que el país sea menos vulnerable a ataques militares contra las plantas desalinizadoras existentes, pero más vulnerable a la escasez de agua en general. En otras palabras, mientras los países del Golfo dependen de la tecnología, Irán depende de recursos naturales cada vez más agotados.
Los procesos de desalinización industrial hacen que la infraestructura necesaria sea extremadamente crítica y vulnerable a los ataques militares. Las plantas desalinizadoras tienen características que las convierten en objetivos estratégicos en caso de conflicto ya que, están concentradas en pocos puntos geográficos, se ubican casi siempre en la costa y son instalaciones industriales grandes y visibles y que al ser dañadas, su reparación puede tardar largos meses o años.
Los analistas de seguridad han advertido que la destrucción de algunas de estas plantas podría provocar crisis humanitarias en cuestión de días en los países del Golfo Persico. Los recientes ataques con drones contra instalaciones de desalinización han reavivado el temor de que el agua se convierta en un nuevo frente estratégico en los conflictos regionales.
Así hoy podemos afirmar que el verdadero recurso geopolítico del siglo XXI es el agua potable, no solo en el Medio Oriente sino a nivel global. Durante el siglo XX, el petróleo definió la geopolítica de Medio Oriente. Pero en el siglo XXI, es evidente que la supervivencia de muchas de sus magníficas ciudades depende de otra infraestructura crítica, las plantas desalinizadoras. Sin ellas, las metrópolis del desierto simplemente no podrían sobrevivir. La paradoja es evidente: el petróleo permitió construir la riqueza de la región, pero es el agua producida artificialmente la que mantiene viva su civilización urbana.
En Medio Oriente, experimentamos ya ahora que el recurso estratégico del futuro planetario bien puede no ser el petróleo, sino el agua potable.