La generación de los cuarenta: simplemente, se aleja
La generación de los cuarenta transita ya por la década de los ochenta. En su niñez, oyó las campanas que anunciaban un mundo que marchaba por buen camino y, al mismo tiempo, asimiló el temor de sus guías, quienes resurgían de las cenizas de dos guerras. Fue engendrada y educada por una generación anterior que […]
La generación de los cuarenta transita ya por la década de los ochenta. En su niñez, oyó las campanas que anunciaban un mundo que marchaba por buen camino y, al mismo tiempo, asimiló el temor de sus guías, quienes resurgían de las cenizas de dos guerras.
Fue engendrada y educada por una generación anterior que desgarró su cuerpo, derramó su sangre e inmoló su juventud, en aras de un mundo mejor. Así, esta generación surgió del torbellino del miedo y la confusión, en constante búsqueda por conquistar el mundo y a sí misma.
En su juventud, ante los acontecimientos que le planteaba y exigía la insurrección interna, la generación de los cuarenta vivió con cinismo e incredulidad, aunque con esperanza. Como un ser sin pasado ni futuro, atravesó el fin del siglo XX en el día agitándose, calentándose y alumbrando y en la noche ocultando su desesperación. De esa cuenta, se apasionó por el presente, pues le tocó madurar cerrando filas detrás de la generación que le precedía. Esta predecesora quemaba tiempo y neuronas, envuelta en una lucha ideológica de gran ignorancia y mucha pasión, donde la gran controversia era entre el individualismo y el colectivismo. Dicha lucha alejaba esos mundos tan afines al corazón y a la mente humana, sana y creativa. En la ciencia, el arte, el deporte, la educación, la industria y, por qué no decirlo, la religión salida de sus cerebros y manos quedaron plasmadas esas dualidades. Mientras eso sucedía, la generación de los cuarenta se disolvía y se divertía entre el humo de un presente aún lleno de pólvora. Idealizaba en medio de la misma y soñaba con el confort, el bienestar y la seguridad, que trataba de consolidarle su generación guía.
«La madurez de la generación de los cuarenta ha llegado», nos decimos ahora ya ochentosos. Estábamos seguros de que, si continuaba nuestra lucha interna, nuestro mundo se desintegraría. En el fondo de cada uno de nosotros, surgía la misma angustia de nuestros predecesores: ¿qué es mejor? Y los mismos anhelos: ¿qué es mejor? Y en ese inquirir, un gigantesco determinismo nos absorbía a la mayoría, obligándonos a caminar en círculo o hacia abajo.
En su madurez, la esperanza de la generación de los cuarenta se resumía, en una pérdida de ilusiones. Ahora, al final de esta, aún persisten dentro de nosotros las rivalidades estúpidas de antaño al colmo que: los socialistas de ayer son los neoliberales de hoy, y los liberales de ayer ya no saben qué hacer. El entendimiento y la conducta los somatizamos desde nuestra juventud, a fin de olvidar luchas y doblegar la voluntad. Nuestra organización y funcionamiento, ese pico cerebral, se reformula corriendo entre un colectivismo y un individualismo brutal. Esa lucha contra todo, y el choque y el escándalo que surge de ello, cubre a muertos y vivos de la generación. El día y la noche cubren nuestra cada vez más escasa vida por delante dentro de un patrón que denominamos “democracia”, y que se ejerce en un planeta inundado por la devastación de la naturaleza, a causa de una inversión solapada que existe solo en la mente humana: el Progreso. Democracia y progreso son dos mundos que ya se nos fueron, sin caber en un mismo recipiente.
La vida actual de la generación de los cuarenta huele a tragedia griega, pero, aun así, los fundamentos de una fe en el porvenir aún alumbran dentro de algunos. Hemos dejado de ser una revisión de cuánto sé, cuánto creo y cuánto espero, para transformarnos en simples observadores del futuro humano. Vamos hacia el futuro entre la curiosidad, el recelo y el fin.