El pabellón de caza

El pabellón de caza

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08/04/2026 12:09
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

Tengo la impresión de que la galería de tiranos derribados puede crecer pronto.

Era una costumbre muy aristocrática de los dueños de grandes propiedades rurales en otras partes del mundo tener dedicado todo un salón para exhibir aquellos animales que habían sido cazados en sus dominios. En sus paredes solían atesorar, uno a la par del otro, especímenes raros o peligrosos que constituían verdaderos trofeos. Ciertamente, mientras más feroces, mayor la importancia del lugar en el salón que se le asignaba a la fiera. Estos pabellones incluso eran punto de encuentro y lugar para socializar en el ambiente doméstico, en el que tanto cazadores como cazados se dejaban mostrar a los invitados.


Es quizá una analogía monstruosa —pero de alguna manera justificada por la bestialidad mostrada por unos y otros— el comparar esos antiguos pabellones de caza con la galería que la historia exhibe de los tiranos que han caído como fruto del hartazgo de sus pueblos o de sus adversarios. Cierto es que muchos de ellos escaparon en su momento a la justicia de los hombres, tal el caso de Castro, Chávez, Duvalier o Idi Amín. Pero otros no lo hicieron. Las impactantes imágenes de la muerte de aquellos dictadores que fueron en su momento todopoderosos nos recuerdan que la historia, con un súbito giro de mano, cambia la suerte de los déspotas. Ceasescu y Huseín, por ejemplo, terminaron siendo ejecutados por la justicia, el primero de ellos en forma expedita, y el segundo, frente a un tribunal penal de su país. Gadafi tuvo una suerte aún más trágica, pues encontró su fin no por dictado de los jueces, sino por mano limpia de sus enemigos.


Vivimos tiempos en los que dictadores o líderes de Estados terroristas están siendo neutralizados con una frecuencia mucho más vertiginosa que en las décadas pasadas. El operativo que sacó del poder a Nicolás Maduro en Venezuela o las bombas de precisión que dieron muerte al líder islámico de Irán con tan solo unos meses de diferencia son ejemplo de ello. Está claro que la Administración estadounidense tiene poca paciencia con los Estados que han desafiado el orden internacional, aunque aún queda por ver, en el largo plazo, qué significa para esos países la decapitación de sus liderazgos. De momento podemos afirmar que el mundo será distinto.

Vivimos tiempos en los que dictadores están siendo neutralizados con una frecuencia mucho más vertiginosa que en décadas pasadas.


Ciertamente, el reloj de arena corre ahora más de prisa para las dictaduras del continente americano. Las tiranías impresentables de Cuba y Nicaragua muestran ya signos de clara fatiga, luego de sojuzgar a sus pueblos por largo tiempo. Ambas están cada vez más aisladas y sienten la sombra del poder estadounidense acechándolas. Hoy saben que tienen frente a sí a un actor que no guarda formas, que no busca consensos complejos ni se ajusta a normas cuando sus intereses están siendo afectados.


Tengo la impresión de que la galería de tiranos derribados puede crecer pronto. Esperemos que, al suceder, las transiciones sean pacíficas y ordenadas, algo que ha hecho falta en otras latitudes, debido a la ausencia de una cultura política representativa, una sociedad estructurada o instituciones intermedias fuertes, ausencia que es precisamente la herencia bastarda que dejan las dictaduras a su paso.


Ojalá que también podamos decir que en ese pabellón no solo se exhibe la pieza, sino que también se confina a una pared el modelo de dictadura, como triste recuerdo de su existencia. Al fin y al cabo, otras sociedades en la historia reciente de la humanidad lo han logrado.

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