Dantescos videos virales de la capital y municipios de todo el país están evidenciando a diario la vital necesidad de bajarle a la velocidad y subirle a la racionalidad.
Esta vez no vamos a mencionar cifras de hechos de tránsito en lo que va del año. Primero, porque el reporte de abril aún no está en el portal del Departamento de Tránsito, pese a que ya casi se cumple una quincena de mayo: deberían tener un sistema de datos en tiempo real y no estériles reportes en formato PDF que tal vez generan plazas laborales, pero no las justifican. Pero, sobre todo, no aludiremos a los números, porque una sola muerte de pasajero, conductor o peatón por imprudencias viales constituye una tragedia irreparable para un hogar. Y es allí donde aquellos conductores temerarios, irresponsables, psicóticos deben entender que su conducta —valga la aparente repetición de términos— siega vidas, trunca historias, asesina sueños.
Cree el motorista que la necesidad le justifica a arriesgar a su esposa y tres hijos —dos pequeños sobre el tanque de gasolina y uno en la punta del asiento trasero, que van sin casco y sin garantías de regresar con vida—. Es solo un ejemplo de las imprudencias que se ven a diario en ciudades y pueblos. O piensan otros que subirse a las aceras, haya o no peatones, para saltarse el tránsito, está justificado por una prisa laboral. Es una vergüenza para las empresas de comida, envíos o logística que su marca se vea cruzándose en rojo o desplazándose contra la vía —para ahorrarse una vuelta a la cuadra—.
Ya deberían existir generalizadas políticas internas empresariales de prevención y sanción de comportamientos antisociales en el tránsito. Algunas compañías las tienen y consignan un número en los vehículos comerciales para denunciar temeridades, pero no basta con la reacción, se necesita un monitoreo activo. No solo en lo privado, también —y sobre todo— en el ámbito público.
Era un camión municipal de San Francisco La Unión, Quetzaltenango, el que se cruzó al carril contrario, a toda velocidad, en el kilómetro 101 de la ruta Interamericana el domingo 10 de mayo último. Ese conductor destruyó a una familia. Como dijimos al inicio, un solo fallecido en cualquier percance vial deja un vacío irreparable. Si tal noción estuviera en la mente y en el corazón de cada conductor de cualquier vehículo en Guatemala, habría una reducción notable de esta clase de siniestros.
No son accidentes: son efectos del descuido, de la falta de enfoque en una tarea que exige precisión y control. Ciertamente también hay componentes externos que podrían contribuir a prevenir esta clase de descarrilamientos. Por desgracia, muchas carreteras no tienen barandales de seguridad y otras que sí contaban con ellos los tienen por el suelo, retorcidos e inservibles a causa de colisiones previas. Pero, ciertamente, cuando un energúmeno va al volante, peor si bajo efectos de cansancio, desvelo o drogas, es un peligro andante.
Sin decir números, se puede afirmar que cada persona lesionada en un percance vial pasa por un proceso que no solo es doloroso, sino también, a veces, irreparable: discapacidades, traumas, largas convalecencias que impactan en la economía del hogar y en la vida de quienes lo integran. Dantescos videos virales de la capital y municipios de todo el país están evidenciando a diario la vital necesidad de bajarle a la velocidad y subirle a la racionalidad mientras se está al volante o al manubrio. Sí, hay sobrecarga de automotores; sí, las calles se han vuelto estrechas ante tantos desplazamientos; sí, hay horas de alta afluencia. Pero se supone que los conductores son adultos dotados de capacidad de juicio y sobre todo de una conciencia para no ponerse en peligro letal y menos aún a terceros, ajenos e inocentes.