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Coherencia de fe y vida
La lección es sencilla y sólida: no se necesitan grandes gestas épicas para ganar la santidad, sino pequeños ejercicios constantes.
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Hay frases que siguen resonando y cuestionando después de dos milenios: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?”. O “no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” o “no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”. Y es que el llamado a la vida virtuosa no es sinónimo de mojigatería ni de poses puritanas, es servir al prójimo, es compartir lo propio con quien padece necesidad, ayudar al desvalido. “Porque tuve hambre y me diste de comer… sed y me diste de beber”.
Sin embargo, en la historia reciente de Guatemala abundan demagogos que invocan el nombre de Dios como recurso de posicionamiento publicitario, para aparentar piedad. Pero una vez en el cargo, demostrado está, saquean el erario, lavan dinero, se alían con mafias y traicionan los principios que decían defender. Esa instrumentalización de la fe —vaciarla de ética para usarla como consigna— es una forma de apostasía fáctica que niega con la conducta lo que se vocifera en mítines.
Ante tales realidades mundanas, el testimonio de de coherencia y sacrificio de fray Augusto Ramírez Monasterio, asesinado el 7 de noviembre de 1983, resulta desafiante. El 22 de enero último, el papa León XIV autorizó declarar beato a quien hasta en su apellido materno llevaba la vocación religiosa que lo condujo hasta el martirio. En la causa está documentado y demostrado que no pertenecía a ningún grupo guerrillero ni izquierdista. Días antes de su ejecución, fue detenido, interrogado y golpeado por fuerzas oficiales, porque había oído en confesión a un campesino acusado de ser insurgente que buscaba acogerse a la amnistía vigente.
Ni los golpes lo hicieron romper el secreto sacramental. Lo liberaron, pero a los pocos días fue abducido y apareció ultimado a balazos. El Gobierno culpó a la delincuencia común, pese a evidencias de una escena montada. En esencia, su testimonio es de coherencia entre fe y vida, de respeto a un voto sagrado, de convertir valores espirituales en acciones concretas. En Guatemala existen muchos santos y santas silenciosos, no solo católicos, sino de otras iglesias, que cumplen la convicción de velar por los indefensos, los desfavorecidos y los excluidos.
Esto último es lo que hizo fray Augusto, quien creció en la zona 1 de la capital y a los 14 años vivió la tragedia de perder a su papá. Sintió el llamado al servicio religioso como fraile franciscano y después de sus estudios, sirvió con sencillez a la feligresía de Antigua Guatemala, donde estuvo a cargo del templo de San Francisco El Grande. Orientó a la niñez y juventud, organizó los festejos por la beatificación del Hermano Pedro en 1980. Administraba los sacramentos con devoción, y fue esto lo que le condujo a ser víctima del “odio a la fe”, que es la causal invocada para ser ahora declarado beato.
Nadie sabe en dónde están sus victimarios, pero la memoria de aquel fraile se convierte hoy en modelo de devoción hasta el mayor sacrificio. Su sepelio multitudinario fue el 8 de noviembre, en aquel mismo templo de San Francisco, cerca del Santo Hermano Pedro, donde ayudó material y espiritualmente a tanta gente. La lección es sencilla y sólida: no se necesitan grandes gestas épicas para ganar la santidad, sino pequeños ejercicios constantes, diarios, de virtudes que se convierten en testimonio.