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Las tierras raras
Su nombre induce a confusión.
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Pensaba que eran muy raras, por eso investigué. Las llamadas “tierras raras” son materiales invisibles para el consumidor, pero esenciales para el funcionamiento del mundo tecnológico actual. Su nombre induce a confusión porque no son en especial geológicamente escasas, sino difíciles de separar y transformar en materiales útiles. Es un conjunto de diecisiete elementos químicos situados en la parte inferior de la tabla periódica —los lantánidos, junto con el escandio y el itrio— que comparten una estructura electrónica muy parecida, pero son químicamente casi indistinguibles.
La paradoja es que estos elementos no son raros por naturaleza.
Estos elementos se emplean en cantidades mínimas, pero son indispensables para tecnologías que definen nuestra época. El neodimio, el praseodimio y el disprosio permiten fabricar los imanes permanentes más potentes conocidos, esenciales para motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, discos duros, robots industriales y sistemas de guiado militar. El europio, el terbio y el itrio hacen posibles los colores precisos de las pantallas LED y LCD. El cerio y el lantano se utilizan como catalizadores en la refinación de petróleo y en convertidores que reducen emisiones. El gadolinio es clave en equipos de resonancia magnética. En la industria aeroespacial y de defensa, las tierras raras integran sensores infrarrojos, láseres, aleaciones resistentes al calor y sistemas de comunicación.
A diferencia del hierro o del cobre, las tierras raras no aparecen concentradas en vetas limpias, sino dispersas y químicamente combinadas entre sí. Su separación exige procesos industriales altamente complejos: triturar la roca, disolverla con ácidos fuertes y someterla a largas secuencias de extracción con solventes orgánicos hasta aislar cada elemento con una pureza superior al 99.9%. Implica decenas o cientos de etapas. Requiere enormes volúmenes de agua, energía, reactivos químicos, infraestructura especializada y personal altamente capacitado. Produce residuos tóxicos, lo que explica por qué se ha convertido en una actividad ambientalmente conflictiva en países con regulaciones estrictas y fuerte presión social.
Así se entiende la posición dominante de China. Su liderazgo no proviene de una ventaja geológica, sino de una estrategia industrial sostenida desde los años ochenta que apostó por controlar toda la cadena productiva, desde la minería hasta el procesamiento químico y la fabricación de metales e imanes. Mientras muchos países occidentales cerraban plantas por razones ambientales, China expandía su capacidad con normas laxas y apoyo estatal. El resultado es una concentración significativa; controla 70% de la producción minera mundial y alrededor de 90% del procesamiento y refinación final.
En su ensayo China’s Rare Earth ‘Monopoly’ — and Why Markets Will Break It, Walter Donway sostiene que este predominio es consecuencia de decisiones políticas y diferencias regulatorias, más que de un monopolio natural. Esa concentración ha generado una dependencia estratégica que transformó a las tierras raras en instrumentos de presión geopolítica. Su tesis central es que esta situación contiene un mecanismo correctivo interno; cuando un proveedor dominante utiliza su posición como herramienta política, eleva los precios y la incertidumbre, creando incentivos económicos para que otros países desarrollen alternativas productivas. La escasez inducida vuelve rentables inversiones que antes parecían inviables.
La paradoja es que estos elementos no son raros por naturaleza, sino por el entramado técnico, ambiental e institucional que implica convertirlos en materiales utilizables.