El domingo de Resurrección contradice el sufrimiento, aunque este siga ahí.
Cada año la Semana Santa comienza con una escena jubilosa que parece anunciar un triunfo. Un hombre entra a Jerusalén entre palmas y cánticos, rodeado por una multitud que lo celebra como si hubiera encontrado a alguien digno de todas sus expectativas. Hoy diríamos que ese hombre se vuelve visible, que alcanza una forma pasajera de fama. Sin embargo, esa claridad dura poco. En cuestión de días el fervor se disuelve y quienes antes lo acompañaban empiezan a tomar distancia. Algunos incluso reclaman su muerte.
Tu mejor victoria es no dejar que el rencor te cambie.
Lo más inquietante de esta historia está en la decisión de Jesús de Nazaret de no transformarse en aquello que lo hiere. Esa elección, tomada hace siglos, sigue interpelando incluso a quienes no se acercan a ella desde la fe. La Semana Santa arranca lejos de la violencia, iniciando con una decepción que nos resulta familiar. Comienza con la experiencia de descubrir que el apoyo era del diente al labio y el afecto se expresaba solo mientras no exigiera un compromiso de verdad. Cualquiera que haya confiado y luego haya sido defraudado sabe de lo que estamos hablando.
Ante una herida así, solemos endurecernos. Decimos que lo hacemos por madurez, pero en el fondo estamos permitiendo que el daño modifique nuestra manera de estar con los demás. Ya no confiamos y compartimos menos, nos terminamos cerrando, pensando en evitarnos nuevas malas experiencias. Y entonces la Semana Santa plantea una pregunta incómoda y necesaria, ¿será posible atravesar el dolor sin convertirnos en personas más duras?
Lejos de los discursos solemnes, la respuesta nos llega en gestos concretos. El jueves por la noche, Jesús se sienta a la mesa con quienes sabe que no estarán a la altura. Uno lo traicionará, otro negará conocerlo y los demás huirán cuando el miedo se instale a su alrededor. Aun así se levanta y les lava los pies, un acto reservado a los sirvientes. El maestro no hace esto por ingenuidad ni sentimentalismo, lo hace porque decide no renunciar a su humanidad incluso cuando ya conoce el desenlace.
El viernes, la violencia se impone con burla y crueldad. Todo parecería justificar una respuesta de odio o venganza. Sin embargo, Jesús no devuelve el golpe. Y eso no significa aceptar la violencia ni justificar el abuso, sino negarse a dejar que el daño recibido determine la forma de responder. Jesús no reproduce el daño que le han hecho y se niega a convertirse en aquello que lo hiere, eligiendo perdonar.
En ese punto la historia deja de ser solo religiosa y se vuelve profundamente humana. Porque el dolor, además de lastimar, también sienta precedentes. Pero si no se le pone un límite puede terminar enseñándonos a ser más crueles o indiferentes. Es la cruz la que interrumpe esa cadena y propone otra posibilidad.
Lo que aparece ahí en el Calvario no es debilidad, sino una forma radical de libertad. La libertad de saber que pueden arrebatarte casi todo, incluso la vida, pero no decidir quién eres tú por dentro. Es decir, no pueden determinar qué clase de persona serás después.
El domingo de Resurrección contradice el sufrimiento, aunque este siga ahí. Afirma que el dolor no tiene la última palabra y que una herida no está obligada a definirte para siempre. Por eso esta semana sigue importando, porque dice algo simple y exigente a la vez. No siempre puedes controlar lo que te sucede pero sí puedes decidir en quién te conviertes a partir de ello. Cuando se acabe el ruido de la multitud y ya no quede nadie mirando, como en esas calles que se cubren de aserrín de colores sabiendo que serán borradas, lo único que perdura es la persona que decidiste ser.