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Dura y triste lección que aún no se aprende
Dios resguarde a Guatemala de un sismo como el de San Gilberto, pero ya transcurrió medio siglo.
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La inmensa mayoría de los guatemaltecos no recuerda o simplemente no experimentó la terrible vivencia del devastador terremoto del 4 de febrero de 1976: un sismo oscilante y a la vez trepidante de 7.5 grados, del cual se cumple hoy medio siglo. Tan solo un 10% de la población tiene 60 o más años, según proyecciones estadísticas, lo cual convierte dicha tragedia en una efeméride de oídas, de video borroso en YouTube o de fotografías en redes sociales que muestran la destrucción en el área metropolitana, altiplano y parte del oriente. En la falla del Motagua se localizó el epicentro de este movimiento telúrico, que dejó 23 mil fallecidos, 75 mil lesionados y un cuarto de millón de viviendas destruidas.
Las manecillas del reloj de la Catedral Metropolitana —que sobrevivió a los remezones gracias al refuerzo de concreto que se le aplicó después de los terremotos de 1917-18— quedaron marcando las 3 con 3 minutos y 33 segundos. Ello originó un rumor popular acerca de que esa había sido la hora de inicio del terremoto de San Gilberto (santo cuya conmemoración es el 4 de febrero). Pero, según datos oficiales, comenzó a las 3 de la mañana con 1 minuto y 43 segundos, con una duración de 35 segundos devastadores. Sobrevinieron incontables réplicas que siguieron derruyendo inmuebles, templos, edificios públicos, pero —sobre todo— aterrando corazones.
En calles y campos se levantaron campamentos de damnificados; los fallecidos fueron sepultados en fosas comunes. El luto nacional se extendió por meses, a la vez que se emprendían las tareas de descombro y reconstrucción. Las misas y rogativas se multiplicaron, como en tiempos coloniales y como ha ido ocurriendo en cada temporada de actividad sísmica en un país surcado por fallas —geológicas, valga la aclaración—.
El terremoto generó una movilización estatal y multisectorial para atender la emergencia alimentaria, brindar cuidados sanitarios, recuperar la infraestructura, retornar a la normalidad productiva e ir curando las cicatrices materiales y emocionales. Fue tan grande el impacto que también surgió el primer germen de institucionalidad para la atención de desastres: primero se creó, apenas mes y medio después, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh), para dar carácter científico al monitoreo de fenómenos naturales. Sin embargo, pasarían 20 años más para el surgimiento de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres
(Conred), en 1996.
En medio siglo han seguido ocurriendo episodios sísmicos, algunos bastante graves, pero focalizados. En julio del año pasado, Amatitlán, Palín y Santa María de Jesús fueron municipios afectados por una ola telúrica que causó daños materiales y también algunos decesos. En todo el 2025, hubo dos mil 797 remezones, según el Insivumeh, pero no se trata de una cifra excepcional, ya que todo el territorio guatemalteco presenta este tipo de movimientos tectónicos debido al desplazamiento de placas principales o secundarias.
Y es esto lo que conduce a cuestionar cómo, a pesar de vivir en un país sísmico, todavía no existe un código de construcción con estándares básicos que regulen calidad de materiales y técnicas. En todo el país se pueden ver aviesas estructuras, sin mínimos criterios de construcción. Hay normas para obras públicas, pero esto no se ha extendido a los domicilios. Y, si se hiciera un código obligatorio, es posible que ciertos alcaldes pondrían el grito en el cielo alegando “injerencia”. Dios resguarde a Guatemala de un sismo como el de San Gilberto, pero ya transcurrió medio siglo.