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Biopolítica y frustración

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Biopolítica y frustración
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En América Latina, la formación en Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales y Gestión Pública, sigue estando dominada por currículos del siglo XX: teoría del Estado, derecho constitucional, sociología política clásica, economía política y comunicación/márketing electoral. Si bien el término «biopolítica» se llega a mencionar de forma tangencial o aislada en seminarios optativos de teoría crítica o […]
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En América Latina, la formación en Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales y Gestión Pública, sigue estando dominada por currículos del siglo XX: teoría del Estado, derecho constitucional, sociología política clásica, economía política y comunicación/márketing electoral.

Si bien el término «biopolítica» se llega a mencionar de forma tangencial o aislada en seminarios optativos de teoría crítica o posestructuralista (generalmente desde la perspectiva filosófica de Michel Foucault, Giorgio Agamben Esposito o Negri), no existe como una materia obligatoria, troncal y sistemática que aborde la política desde su dimensión etológica, neurobiológica, epigenética y evolutiva en las facultades de ciencia política de la región.

Esta ceguera y parcialidad formativa, primero que nada, tiene sus raíces en la filosofía; en la persistencia dogmática del dualismo cartesiano. Al separar tajantemente la res cogitans (la mente, la política, la cultura, las instituciones) de la res extensa (el cuerpo, la biología, la carne, el sistema nervioso), se perpetúa una ficción insostenible. Bajo esa herencia cartesiana, se enseña a los futuros gobernantes y analistas que la sociedad es una mera hoja en blanco (tabula rasa) donde las leyes, los discursos y los decretos operan en un plano puramente abstracto, inmune a la fisiología. Se concibe la política como un juego de ingenio intelectual y jurídico, ignorando que cada decisión de precarización, cada estructura de poder y cada jerarquía institucional, impacta directamente sobre el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, desgasta las mitocondrias y reconfigura las redes neuronales de la población.

Y a la vez esa ignorancia biopolítica, lleva a la formación de líderes y conductores políticos analfabetos en la «materia prima» del comportamiento humano. Al ignorarse la arquitectura biológica, neurobiológica y etológica sobre la cual se asienta la conducta individual y colectiva y no tocarse temas como la escasez dialogal, el estrés crónico y sus jerarquías, el procesamiento cerebral de la información y sus contenidos cerebrales racionales y emocionales, la programación, planificación y ejecución política se tornan totalmente erróneas en principios y ejecución. Mientras las escuelas de ciencia política sigan formándose en ese limbo cartesiano —incapaces de entender que el cuerpo social es, ante todo, un organismo biológico moldeado por su entorno—, seguiremos diagnosticando los colapsos de nuestras democracias con categorías del siglo XIX y fracasando en el abordaje de nuestras soluciones.

En nuestro medio sigue predominando el concepto tradicional de biopolítica, entendida como el control del Estado sobre los cuerpos (salud pública, natalidad), cuando hoy la biopolítica es tecnobiología y neurosociología que funciona bajo el diseño de un entorno (pantallas, algoritmos de dopamina, deuda, alteración del sueño, precarización) que incluso altera la expresión genética y la resiliencia neuro-metabólica del cuerpo social, centrado en trascender los mecanismos de respuesta dictados por un sistema jerárquico que se le impone, merced a la manipulación que no respeta la biología ni el bienestar humano.

Mientras las escuelas de ciencia política sigan funcionando ajenas a esa realidad, seguiremos diagnosticando los colapsos de nuestras democracias con categorías del siglo XIX y fracasando rotundamente frente a la realidad contemporánea.

Mientras las facultades de ciencia política y administración pública de América Latina siguen preparando a las élites en el arte de la retórica, la burocracia y el cálculo electoral, no podrán formar líderes capaces de entender cómo las estructuras socioeconómicas moldean la epigenética, el mapa cerebral y la energía celular de sus sociedades y lo único que lograran (como hasta la fecha se ha logrado) es atender la perseverancia de un estatus quo ajeno a democracia y justicia. Debemos estar conscientes que estamos formando politólogos e ingenieros sociales que no conocen la biología de la especie que pretenden gobernar.

Puedo decir sin temor a errar, que se han escrito y publicado miles de miles de libros y ensayos sobre política en Latinoamérica durante los últimos cinco años, pero se sigue escribiendo bajo el dogma del dualismo cartesiano. Producimos bibliotecas enteras sobre leyes, discursos, partidos y constituciones, mientras mantenemos un silencio bibliográfico absoluto sobre la arquitectura biológica, cerebral y etológica de la especie que pretendemos gobernar y que nace producto de un gobernar. ¡Increíble, pero cierto!

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