Hay momentos en nuestra vida que nos identificamos con una hora exacta, una hora cabalística en la que se ha vivido un suceso, un estado emocional, una tragedia, una trascendencia, o necesitamos esa hora especial para fusionarnos en el tiempo y sentir que seguimos respirando. A Federico García Lorca lo identifican las cinco de la […]
Hay momentos en nuestra vida que nos identificamos con una hora exacta, una hora cabalística en la que se ha vivido un suceso, un estado emocional, una tragedia, una trascendencia, o necesitamos esa hora especial para fusionarnos en el tiempo y sentir que seguimos respirando. A Federico García Lorca lo identifican las cinco de la tarde, a Mario Benedetti las diez de la mañana, y Antonio Machado se identifica con la medianoche. Yo creo identificarme con todas las horas; sin embargo, serían las tres de la mañana, en el silencio profundo de la madrugada, cuando siento el llamado divino a la oración. Y refiriéndome a la escritora Ana Lucía García Ruano, es indiscutible que se identifica con las tres de la tarde, la hora más dolorosa, la hora colmada de angustia en la vida de Jesús.
Y precisamente así se titula su libro: A las tres de la tarde, dentro del cual nos relata con voz auténtica su vida, sus quehaceres diarios, y nos revela de manera realista sus pensamientos más profundos, sus sentimientos de dolor espiritual, físico, sus momentos de felicidad; así también nos describe sus situaciones románticas y, sobre todo, recalca que el amor más importante del mundo es el amor de Dios, que deriva en el amor familiar, como lo describe tan natural y verdadero en todo el libro. El pensamiento de la autora es que cada uno de nosotros hemos tenido que vivir nuestras tres de la tarde; hemos tenido que pasar por nuestras tres de la tarde; no en vano las pasó el Hijo de Dios: “Se oscureció todo el país hasta las tres de la tarde, y a esa hora Jesús gritó con voz fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Y sobre esta hora, nos dice la autora que: “He experimentado mis ‘tres de la tarde’; esa etapa trágica de mi vida en la que busqué salidas que no encontré, clamé por auxilio que no llegó, toqué puertas que no se abrieron, supliqué por compañía que me dejó sola. Me sentí abandonada, traicionada y burlada.” Sin embargo, tenía que ser así el sufrimiento por el que ha tenido que pasar para que, al paso de las tres de la tarde, para que al paso del tiempo, Ana Lú, como le llamamos con cariño quienes la conocemos, saliera de la crisálida para convertirse en una libre mariposa, o para que volara tan alto como las águilas, así como dice el profeta Isaías: “Pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán.” Su libro A las tres de la tarde es una lección de vida, que nos recuerda que, a pesar de las adversidades, hay siempre una luz que ilumina nuestro camino si vamos de la mano con Dios.
“Hay que abrir de par en par las puertas de nuestra vida a todo el que sume y multiplique, y negar por completo el acceso a quien lo único que sabe es restar”, así afirma Ana Lú, así aconseja alto y claro, con su propia experiencia de vida. Y nos declara: “Entendamos de una vez por todas que nuestro paso por este mundo es temporal, y lo que sea que estemos viviendo se acabará. De nada nos sirve aferrarnos a nuestro éxito o a nuestra desdicha. No dejemos de ser felices por andar en búsqueda de la felicidad. Vivamos, respiremos, sintamos los latidos de nuestro corazón. Ya con eso habremos aprendido a valorar el más grande milagro: la vida.”
Y en su libro: ¡Ayúdame, poesía! Pedir ayuda es otra forma de autoayuda, describe de forma existencial en cada poema las sesiones terapéuticas que recibió; en sus palabras: “Un ejercicio de interiorización que se transformó en versos que describen lo que cada sesión me dejó, desde los cambios de paradigmas hasta las fuerzas que empujan a levantarme cada día”, porque ella sabe que, sin tristeza ni dolor, no hay felicidad ni alegría. En la primera estrofa de su poema “Lámparas del cuerpo” nos dice:
“Quiero ver la luz de la vida,
no quiero que el brillo me hiera.
Que el rayo de sol dilate mis pupilas
y que eso no me detenga.”
En este poemario sobresale el número siete, creando un paralelismo con el significado bíblico de este número, que es una constante en el libro sagrado: siete días, siete iglesias, siete sellos, siete trompetas, siete copas. Para la autora son, por mencionar algunos: siete desmitificaciones, siete personas, siete cosas bonitas, siete lugares, siete neurotransmisores, siete diagnósticos, siete fuerzas como la trascendencia y la existencia misma, porque para ella “existen fuerzas que nos mueven, nos impulsan y nos sostienen.”
Uno de los principales objetivos de Ana Lucía García Ruano es no darse por vencida ante las circunstancias adversas. Su testimonio de vida tiene como finalidad llevar luz y esperanza a quien lo necesite: “Su aporte literario está comprometido con la causa de prevención del suicidio.” Es integrante del Colectivo de Escritores Cuentistas de Guatemala, miembro del Centro PEN Guatemala (Poetas, Ensayistas y Narradores) y de la Asociación de Mujeres Periodistas y Escritoras de Guatemala. En la dedicatoria de su poemario Ana Lú me escribió: “Que mis versos sean luz para su vida”, y en definitiva son luz, luminiscencia, cocuyos dormidos intermitentes, quinqués para el andar durante la liturgia de las horas.
Admiro su verdadero espíritu de fortaleza, Ana Lú; su voluntad, firmeza y determinación; su dominio propio; pero, sobre todo, admiro en usted el transformar positivamente su camino, su forma de expresar sus sentimientos y convertirlos en testimonio y poesía.