TGW
Guatevision
DCA
Prensa Libre
Canal Antigua
La Hora
Sonora
Al Día
Emisoras Unidas
AGN
Alto, un mosaico de monedas
Vale la pena atrevernos a proponer un Museo y un Monumento al Migrante en Guatemala.
Enlace generado
Resumen Automático
Voy conduciendo por el bulevar Los Próceres, en la capital salvadoreña, cuando paso debajo de un rótulo —de esos verdes direccionales— con flecha indicando el camino a “Hermano Lejano”. Se refiere al inmenso monumento que se construyó en esta ciudad con el propósito de honrar a los salvadoreños que emigraron y que, con sus remesas, son pilar de la economía local. Manejar alrededor de esa escultura y escuchar lo que —en silencio— dice, me ha devuelto a una idea: el deseo de que en nuestro país hagamos ese oportuno reconocimiento. Por lo que los símbolos dicen acerca de la intimidad de un pueblo. Porque remarcan lo que de su historia deciden destacar. Y que, con su sola presencia, sugieren un camino hacia dónde ir.
Las identidades colectivas no tienen por qué ser solo un estático “qué somos”. Son también el atreverse a pensar más hondo, y reconocer un “de dónde venimos” para definir el “hacia dónde vamos”. Hay símbolos que se convierten en reflejo de que un país, una ciudad, ha hecho esa reflexión. Y otros que, quizás con valentía, empujan a hacerlas. En Berlín, el Memorial del Muro es una conmemoración del mal recuerdo de una ciudad dividida. La Estatua de la Libertad, en Nueva York, un nítido ejemplo de un monumento dedicado a un ideal, a una idea, enraizada en lo que fue la creación de una nación. Y en Buenos Aires, el museo ESMA, construido sobre un centro de horrores clandestinos, lanza un inequívoco e imprescindible mensaje: Nunca más.
Las identidades colectivas no tienen por qué ser solo un estático “qué somos”.
En Guatemala hay escasez de estas conmemoraciones útiles para acompañar la identidad hacia la próxima página. Claro, podemos pensar en monumentos y museos presentes, pero en pocos que representen claramente ese ideal: el indispensable “hacia dónde vamos”. Tenemos museos; y los paseos principales están llenos, sí, de figuras. Pero ¿cuántas de ellas están hechas para ayudarnos a reflexionar y movernos hacia el futuro? La mayoría de los símbolos en la ciudad, me atrevo a decir, sin recurrir a la puntualización de alguno, son más ideas estáticas en la historia —algunas de ellas, incluso, penosas— que no promueven en el hoy un propósito consciente para un mejor mañana. Y eso que vaya si no hay reflexiones válidas que nos empujarían hacia ese ideal.
Pienso que en Guatemala nos puede intimidar poner sobre la mesa temas que nos pueden parecer incómodos. Como país chico, además, padecemos a veces del complejo que nos impulsa a solo pretender resaltar grandezas. Escondemos, quizás, verdades hacia donde sería valioso regresar. Hay muchas, por supuesto. Pero una de ellas, que aún no trasciende hacia la simbología estética pública, es una que reconozca que somos un país de migrantes. Que uno de cada seis de nosotros partió y jamás volvió. Que quienes se fueron y quienes se quedaron han pagado el alto precio, el máximo sacrificio de un adiós que ha sido doloroso. Y que esa ofrenda tiene valor; que ha servido; y que es digna de conocer, y de reconocer.
Por eso, más que lamentar lo que no tenemos, vale la pena atrevernos a proponerlo: un Museo del Migrante y un Monumento al Migrante en Guatemala. Pensados, no como ornamento, sino como un acto cívico con enorme significado para tantas familias. El primero, didáctico, sobre quiénes se han ido, cómo, hacia dónde y su aporte. Recoger lo que hoy está disperso; testimonios, fotografías, cartas y audios de llamadas. Mapas de rutas, objetos cotidianos. Tenemos mucho por mostrar sobre eso. Y junto a él, un monumento que reconozca el sacrificio. Imagine, alto, inevitable, con un mosaico hecho de monedas recogidas por quienes están alrededor del mundo. Cada una, más que un grano de arena, el testimonio de una vida puesta sobre el altar de un mejor futuro.