Festejo entrañable

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10/05/2026 00:05
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

Las madres guatemaltecas son bastión de valores y cultura.

En las grandes fechas siempre confluyen sonrisas y suspiros, expectativas y nuevos significados, emociones que vuelven a brillar después de haber dado la vuelta al sol o de haber recorrido el lado oscuro de la luna. El Día de la Madre no es la excepción a estas paradojas del corazón y de la vida. Es girasol, es rosa, es tulipán y también espina, nostalgia, lágrima y plegaria. También es oportunidad para emprendedores, sobre todo para muchas madres que con gran ilusión elaboran artesanías, adornos, arreglos florales, prendas, bisutería, pasteles y dulces a fin de ganar algo para el sustento de sus hijos y a la vez despertar sonrisas en otras familias.


En las radios, pero también en los reels y las historias de redes sociales, suenan fragmentos de canciones de antaño; para los gustos guatemaltecos más clásicos no falta la famosa declamación “Maestros de la marimba, por favor, ¡Un vals para mi madre!” que da paso a la popular melodía, de notas elocuentes pero cuya letra tiene ecos que atraviesan generaciones y no dejan indiferente a nadie.


Cayó domingo el Día de la Madre, y eso no volverá a ocurrir sino hasta el 2037. Hay desayunos y almuerzos con las mamás, las abuelitas, las bisabuelas, las madrinas. Hay abrazos, hay bendiciones, hay reencuentros y también ausencias, ¡ay!. Existen madres separadas de sus hijos por las fronteras, también madres migrantes detenidas por el solo hecho de haber buscado cómo sacar adelante a sus familias: no es culpa de un papel, sino de la intransigencia que no se puede excusar. También vemos madres que han sido víctimas de la violencia, porque la han padecido, porque murieron o porque perdieron a un hijo o hija. Ayer mismo, una madre y su hijo fueron ultimados en un camino de Sanarate, El Progreso.


Por eso, el Día de la Madre es de contrastes que superan los muros de la existencia. En esta fecha los cementerios también tienen una primavera, gracias al amor que no muere. Esas madres que ya no están para indicar cómo se cocina el pepián o cómo se envuelven los tamales, pero el pepián se sigue preparando con esa sazón tradicional y los tamales levantan nubes que van al cielo.


Las madres guatemaltecas son bastión de valores y cultura. No en vano se dice “lengua materna” para referirse a la transmisión del idioma, y con ello de todo un cúmulo de conocimientos, actitudes, saberes, historias, remedios naturales y hasta surcidos invisibles. Muchas guatemaltecas son cabeza de casa. Trabajan desde antes de salir el sol hasta casi el inicio del siguiente día. A través del comercio, la artesanía, la empresa, la ciencia, el arte o el servicio público dan lecciones de vida. A algunas mamás a la distancia les llegará el abrazo por una pequeña ventana en la cual verán los rostros de sus hijos añorando su retorno.


El Día de la Madre tiene esa alquimia de gratitud, nostalgia y fortaleza, de tristeza con dulzura, de años concentrados en instantes, de valentía y fragilidad, lo cual se acrisola en fechas como esta y se convierten en puro oro de amor. Pero ese mismo afecto debe movernos a cuestionar qué país estamos construyendo para las madres del futuro: uno donde puedan vivir sin miedo, donde el acceso a la salud exista y donde no tengan que llevar solas el peso de la supervivencia.

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