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Misión cumplida
Intelecto de primer orden, hombre de bien, promotor activo de un futuro mejor.
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Cada generación produce personas excepcionales que impactan de gran manera en diferentes ámbitos de la vida. Son pocos. Partió a la eternidad un hombre excepcional, guerrero implacable en las batallas de las ideas: Armando de la Torre. Con tantos acontecimientos en estos días sobre los que podría opinar, me pareció irrelevante escribir sobre otra cosa que no fuera mi admirado maestro, mentor y amigo, el sabio y valiente varón, doctor De la Torre.
Intelecto de primer orden, hombre de bien, promotor activo de un futuro mejor.
Lo conocí durante mi tercer año de la licenciatura, como profesor de Filosofía, hecho curioso porque fue él quien me abrió la puerta a los conocimientos expuestos por Ludwig von Mises en La acción humana: Un tratado de economía (1949). Digo curiosos porque Mises fue un economista y Armando, un filósofo con quien leímos parte de un tratado de economía en un curso de filosofía. Doctorado en Sociología y Filosofía en la Universidad de Munich y por buena parte de su vida sacerdote jesuita, Armando era poseedor de un fuerte intelecto curioso y de una preparación rigurosa y profunda. Nadaba como pez en el agua de la filosofía, teología, historia, derecho, sociología; conocía los rincones más exquisitos de los grandes pensadores ilustrados. Con él até cabos de que la ciencia económica parte de la comprensión de la naturaleza y esencia de la acción humana y las consecuencias intencionadas y no intencionadas de sus formas de interactuar con otros.
Siempre estamos aprendiendo; es una cualidad de la conciencia y la eficacia causal del tiempo. No es posible el paso del tiempo sin aprender. Lo que varía es qué aprendemos y de quién. Se atribuye a Henry Adams la frase “El maestro afecta la eternidad; nunca se puede saber dónde se detiene su influencia”. Tuve el privilegio de aprender de maestros de esa gran generación de personajes irremplazables como Manuel Ayau, Joseph Keckeissen y Armando de la Torre, cada uno ocupando un nicho especial. Muso y Armando eran personas muy diferentes por formación y temperamento, vivaces y enérgicos, cálidos, estudiantes eternos y grandes maestros. Tenían otro elemento en común: siempre estaban tramando algo, algún proyecto para darle mejor forma al mundo que los rodeaba. Innovando, creando, guiando, sin desanimarse por retrocesos y buscando oportunidades para seguir adelante.
Armando era un activista entusiasta, en el sentido que dedicaba buena parte de su tiempo y esfuerzo a provocar cambio. Amante de la libertad, incansable promotor de las ideas y condiciones que la fomentan y le dan sustento. No de esa libertad demagógica que le quita todo al hombre y le ordena cómo conducir su vida por un espejismo colectivo, sino la del florecimiento de la voluntad del individuo en un marco de relaciones voluntarias entre las personas.
Generoso con sus afectos, regalado para la risa; su carcajada era escandalosa. Con humor, jugaba a ser un donjuán, mariposeaba con las mujeres; en presencia de mi esposa gustaba referirse a mí como su rival, cosa que hacía con otras parejas amigas, con la complicidad de su inseparable Martita. Sabio, erudito, dialogador, era fácil para reconocer error en temas prácticos, por ser un idealista, optimista, dado ocasionalmente a ideas descabelladas, tropezaba, pero mantenía la intención, cambiando de ángulo. Por décadas Armando escribió columnas periodísticas, tenía opiniones fuertes para interpretar el presente y sugerir el futuro.
El último de los titanes partió. Intelecto de primer orden, hombre de bien, promotor activo de un futuro mejor, educador, mentor, amigo. A Martita, Virginia e Ignacio, se dice de Armando de la Torre: misión cumplida.