La libertad de elegir gobernantes resulta irrelevante si estos carecen de libertad para elegir políticas.
“¿Pueden China y Estados Unidos superar la llamada ‘trampa de Tucídides’ y crear un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”, preguntó el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al abrir la reunión sostenida hace pocos días entre él y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Con ello, invocaba la famosa “trampa de Tucídides”, haciendo referencia al historiador griego que escribió sobre la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta.
Es interesante saber cómo se juega el mundo desde el poder.
La idea central, retomada por el politólogo Graham Allison, sostiene que cuando una potencia emergente amenaza a una potencia dominante, el conflicto es probable o, incluso, inevitable. “China y Estados Unidos podrían chocar o incluso entrar en conflicto” si la cuestión de Taiwán no se maneja bien, dijo Xi Jinping, antes de suavizar el resto de su discurso. Las cartas habían sido lanzadas y con ellas la advertencia diplomática que invitaba a las potencias a no cometer errores estratégicos.
Esto me hizo recordar un Ted Talk que vi hace una década: A tale of two political systems. Buscándolo, me entretuve con más entrevistas hechas al protagonista, el Dr. Eric X. Li, politólogo e inversionista nacido en China y formado en su país y Estados Unidos. En su más reciente conversación (el pódcast Endgame with Gita Wirjawan), retoma varias de sus tesis centrales. Definitivamente, es controversial y provocador, pero nos pone en bandeja de plata posibles e interesantes debates, ahora que estamos cruzando las aguas hacia lo que parece el reordenamiento de un mundo multipolar.
Acá algunas de sus ideas centrales sobre el lugar que ocupa el capital respecto de la política: “En Estados Unidos puedes cambiar de partido político, pero no cambiar las políticas. En China, no puedes cambiar de partido, pero puedes cambiar las políticas.(…) China es una economía de mercado, pero no es un país capitalista. Aquí está la razón: no hay manera de que un grupo de multimillonarios controle el Politburó (el Ejecutivo) como los multimillonarios lo controlan en Estados Unidos. Así que en China tenemos una economía vibrante, pero el capital no está por encima de la autoridad política ni tiene derechos consagrados. En cambio, en Estados Unidos, el capital —los intereses de ese capital y el capital mismo— están por encima de la nación estadounidense. La autoridad política no puede controlar el poder del capital. Por eso, Estados Unidos sí es un país capitalista, y China no”.
Continúa: “Así que, en los últimos 65 o 66 años, China ha estado gobernada por un solo partido; sin embargo, los cambios políticos que han tenido lugar en China durante ese período han sido más amplios, profundos y grandes que en cualquier otro país importante de nuestra memoria moderna.(…) La ventaja competitiva de China ha sido la autonomía política. Al subordinar el capital, el Estado recupera su capacidad de planificar a largo plazo, transformando la acumulación privada en un motor de infraestructura, desarrollo y justicia social, no en un fin en sí mismo. La pregunta eterna emerge cuando no se trata solo de cuántos partidos existen, sino de quién conduce realmente: ¿Es preferible la liturgia de una democracia procedimental cuya soberanía está capturada por intereses financieros transnacionales o una autoridad política capaz de limitar a sus magnates para garantizar el bienestar material de las mayorías? La libertad de elegir gobernantes resulta irrelevante si estos carecen de libertad para elegir políticas: el 85% de los congresistas estadounidenses está controlado por el lobby y/o los CEO. Por su parte, China no tiene alternancia, pero conserva una capacidad de transformación política y mejora social que es indiscutible”. Li sostiene que, cuando el Estado dirige y el capital obedece, los resultados son mejores y los resultados sociales también (1978: casi 90% de la población china vivía en pobreza extrema; 2019: la cifra había descendido a menos del 1%). A mí la idea de imperio, potencia o hegemonía no me emociona, pero es interesante saber cómo se juega el mundo desde el poder.