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De otra madera

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De otra madera
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Por un ideal que todos decimos profesar.

En público, cualquiera puede decir estar a favor del bien, en contra del mal. No se ve a nadie, en sociedad abierta, que, por ejemplo, externe estar a favor de la evasión fiscal. ¿Cuándo escuchar con apertura un ¡Evadamos los impuestos!, ¡Adulteren los estados financieros! o ¡Que se construyan estructuras societarias! ¡Extraigan el capital de plaza para burlarse de su país!


Todo eso, se reserva para el momento privado.


Tampoco nunca escuchamos a personalidades declarar su alianza con el crimen organizado. Es más, nadie promueve abiertamente la impunidad como ideal, ni mucho menos la protección de clicas paralelas, con más poder que la policía misma. Vamos por la calle, sintonizamos la estación, leemos un periódico. Todas las voces vociferan contra el mal.


Pero ahí está, el mal, creciendo, empoderado.


La Constitución dice que esto es una democracia. Entonces, los discursos giran en torno al pueblo. “Que el pueblo esto y que lo otro”. Eso, mientras aprueban el presupuesto que se repartirán; mientras crean una institución que tendrá como fin real repartirse dinero con plazas fantasma; y lo esputan al decretar los días de la Biblia, esos, que no le han significado ningún bien a ninguna persona.

País de males, tierra sufrida y lugar de muchos mártires.


Sí, decir que se procura el bien, separarse de palabra de las estructuras del mal y decir luchar por el pueblo… eso, eso lo hace cualquiera, y contra eso no se sufre consecuencia. Qué claro está, barato sale declarar la virtud.


País y sociedad sufrida, tanta hipocresía hay que ya ni aspavienta. Dolor de mil dolores, años pasan y con ellos nos vamos las generaciones, y tomamos por sentado que nuestro máximo es la indignación, que la resignación es necesaria; que el futuro está en las manos de un azar. Oponerse, realmente, tácticamente, deliberadamente, eso nos queda imposible. El monstruo es demasiado grande.


Y sí, es grande, incluso para aquellos que, en consciencia, con determinación, lo dimensionan y aún así lo enfrentan. De acción, imaginen. De acción y no solo de palabra. Se enfrentan a él. Lo consideran su trabajo. Y arriesgan. Arriesgan todo aquello que los demás, quienes no tenemos ese roble interno, cuidamos. ¿Cuántos aquí con el valor de enfrentarse a la evasión fiscal de los más grandes? Parece locura, pero no lo es. Al fin, al hablar, la evasión es algo que reprobamos.


Quién se mete a desmechar las estructuras armadas, y los expone, de nombre y apellido, y comparte hipótesis técnicamente construidas sobre cómo se organizan, sobre quién hace qué, y sobre quién se beneficia. Parece locura. Tampoco lo es. También parece temeridad. Pero es realmente consecuencia. Correspondencia pura entre los principios profesados y —a partir de estos— la conducta humana.


País de males, tierra sufrida y lugar de muchos mártires. Unos más y otros menos. Algunos fueron quebrados. Hay descendientes de familias que aprendieron la lección. Eso no son los Solórzano Foppa. Perder a una madre en el vacío, para no encontrarla jamás. Sufrir a tíos, hermanos, muertos por un ideal, no ejercido en un hotel ni escritorio, sino en la montaña. Donde las balas rozaban los cuerpos. Enterrar ahora al fiscal, ejercer aquella virtud se paga caro. Pero no hubo lágrima que a los perpetradores les dejaran ver. ¿Entereza? Sí. ¿Convicción? Seguramente. Pero es más que tan solo eso. Es gente de Guatemala, con el corazón de roble, de hormigo, su madera es la ceiba. Gente de un talante diferente, que coloca lo más sagrado sobre el altar, por un ideal que todos decimos profesar.

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