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El espíritu democrático de la revolución octubrista

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El espíritu democrático de la revolución octubrista
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La oligarquía partitocrática avasalló la justicia.

La Revolución del 20 de octubre de 1944, acontecida hace 82 años, fue, en esencia, la respuesta de una generación joven a un inmovilismo autoritario, identificado con los regímenes nazi y fascista, cuya derrota aplastante se avecinaba. Fue un alzamiento ciudadano contra la opresión, la intolerancia, la violación de los derechos humanos, la censura y el abuso de poder, así como un gran despertar al libre juego de opiniones, el autogobierno, la democracia liberal, la economía de mercado y la movilidad social ascendente, que se plasmó en una Constitución garantista, orientada al desarrollo económico y el progreso social.


Por cierto, los enemigos del espíritu democrático, que hacen apología del despotismo, al cual le es inherente la dominación, la lógica del amigo-enemigo, la propaganda del odio, la arbitrariedad, la deshumanización y el enriquecimiento ilícito, se esmeran en desvirtuar y desacreditar el proyecto reivindicatorio de la Revolución del 44, así como en difundir las absurdas ventajas de un régimen opresivo.


Empero, las demandas revolucionarias de descentralización, independencia e imparcialidad judicial, probidad administrativa y democracia representativa, incorporadas en el decreto 17 de la Junta Revolucionaria de Gobierno, de 28 de noviembre de 1944, siguen sin concretarse. En vez de descentralización se ha consolidado una desmembración anárquica, clientelar y electorera, que no responde a principios de planificación, formulación de políticas públicas idóneas, meritocracia, eficacia fiscal y fiscalización. Asimismo, los atajos a la ley, la opacidad, la ausencia de calidad del gasto, la omisión de rendición de cuentas, así como la corrupción, la impunidad y la infiltración de las mafias en el sector público, han envilecido la gestión administrativa y financiera del Estado.

Ojalá la actual juventud, así como los jóvenes del 44, asuman su responsabilidad histórica y retome el camino de la extraviada democratización.


Por otro lado, el sistema de partidos degeneró en una codiciosa oligarquía partitocrática, que instaló una cleptocracia —corrupción sistémica—, capturó a la autoridad electoral, judicializó la política, habilitó la concentración de poder, el terror de Estado y la criminalización del adversario, avasalló la justicia oficial, así como alentó la demagogia, la presencia del dinero sucio en la política, la desinformación y la instauración de una caquistocracia —el gobierno de los peores— y una anocracia, o sea, un régimen político híbrido.


Sostiene Ortega y Gasset que cada generación tiene su vocación propia, su histórica misión, aunque acontece que las generaciones, como los individuos, faltan a veces a su vocación y dejan su misión incumplida, por lo que se convierten en generaciones desertoras, porque son infieles a sí mismas, es decir, defraudan la intención histórica depositada en ellas.
En mi opinión, la actual generación, a la que se confió el incipiente proceso democratizador en 1986, es desertora, porque no asumió, con convicción, talento, entereza e integridad, su misión y responsabilidad históricas en la política, la economía, el derecho, la academia, la ciencia, el arte y la técnica.


Ante el asedio mortal de los enemigos del espíritu democrático, los jóvenes, armados de patriotismo, energía y entusiasmo, son los llamados a dar vida al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Ojalá la actual juventud, así como los jóvenes del 44, asuman su responsabilidad histórica y retome el camino de la extraviada democratización, comenzando por una profunda reforma del Estado, que aborde, especialmente, los sistemas político-electoral y de justicia, que han sido socavados por la oligarquía partitocrática.

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