Una nación protegida por Dios con un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo
El frío otoñal de Pensilvania mordía las carnes y se colaba hasta los huesos. Algunos de los asistentes estaban bien abrigados, pero otros que no, tiritaban. Estaban todos de pie en la intemperie, a campo abierto, en los mismos campos donde, apenas 4 meses y medio atrás, con los calores de julio, habían rugido los […]
El frío otoñal de Pensilvania mordía las carnes y se colaba hasta los huesos. Algunos de los asistentes estaban bien abrigados, pero otros que no, tiritaban. Estaban todos de pie en la intemperie, a campo abierto, en los mismos campos donde, apenas 4 meses y medio atrás, con los calores de julio, habían rugido los cañones y el ambiente se saturó de humo de pólvora. Fue una batalla épica en la que se enfrentaron 158,300 soldados, quienes, curiosamente, defendían una misma constitución (que obviamente interpretaban de manera diferente). En ese colosal choque fraticida murieron aproximadamente 23,000 soldados del Norte y 28,000 del Sur. ¡Muchos muertos! Mucha sangre y dolor. Era una batalla que debía ganarse porque se consideraba decisiva a mitad de esa deplorable Guerra Civil, en 1863. Pero en ese noviembre helado el aire no parecía conmovido ni el suelo mostraba mayores señas de la lucha.
El viento zarandeaba las últimas hojas rojizas que se aferraban a los tristes troncos de los árboles que se resignaban a recibir el frío manto de las nieves del inminente invierno; danzaban las hojas al ritmo caprichoso de las constantes ráfagas de viento. Se atenuaban las palabras del primer disertador quien parecía no poner fin a su discurso. Buen orador, como él mismo lo sabía, había adquirido el gusto de escucharse y regodearse observando la expresión de su audiencia y, como político fogueado, estaba acostumbrado a la pompa interminable. Una hora y 57 después del inicio (casi 2 horas) el senador Everett preparaba el cierre y, cuando finalmente concluyó, el público, acaso agradecido por la conclusión, le brindó los aplausos de rigor que brotaron de muchas palmas heladas. Seguidamente se puso de pie un hombre muy alto y enjuto, ceremoniosamente se quitó su largo sombrero de copa negro dejando a la vista un rostro taciturno, preocupado, enmarcado en una barba negra. De la bolsa interior de su levita, también negra, extrajo un papel amarillento. Con parsimonia lo desdobló y con fuerte voz ronca empezó a leer. Menos de 5 minutos después terminaba su disertación, expresando la esperanza de “que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra”. Los presentes no aplaudieron, se quedaron parados en medio del frío conscientes que se ubicaban en el epicentro de la historia. Aunque no lo supieran eran un grupo privilegiado porque ese 19 de noviembre de 1863 escucharon de los propios labios del presidente Lincoln ese discurso que pasaría a la historia como una de las piezas de oratoria más consumadas y perfectas. Con todo contiene un error porque el orador, en expresión de humildad y respeto a los muertos, dijo que el único mérito era de los difuntos y que sus palabras pronto se olvidarían: “The world will little note, nor long remember what we say here, but it can never forget what they did here.” ¡Qué equivocado estaba, don Abraham! Por el contrario, el mundo siempre recordará esas palabras de su más famoso discurso.
Porque más que un discurso es un exquisito canto a la libertad, a la vida, a la dignidad, al sacrificio humano, entre otros valores que sabiamente conjuga. Porque el Discurso de Gettysburg es una genial recopilación de muchos conceptos profundos que se resumen en sus 267 palabras, cinco párrafos, que se leyeron en menos de 300 segundos. En un texto que no tiene desperdicio ni nada le falta. Es una lección condensada: a) de historia: “Hace ochenta y siete años nuestros padres fundaron una nueva nación”; b) de ciencia política: “concebida en Libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales”; c) de constitucionalismo: “fundada en la proposición de que todas las personas son creadas iguales”; d) de estrategia: en esta guerra que prueba “si esta nación o cualquier otra nación así fundada puede permanecer”; e) de reconocimiento y humildad:“no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno, los valientes hombres, vivos y muertos que pelearon aquí, ya lo consagraron, más allá de nuestras pobres facultades para añadir o quitar”; f) de valores religiosos:“que esta nación, protegida por Dios”, obviamente bajo los valores judeo-cristianos; y sobre todo g) de motivación: “somos nosotros los que debemos dedicarnos a la gran tarea que tenemos ante nosotros: que tomemos de estos honorables muertos una mayor devoción a la causa por la que dieron su última cuota de devoción” y por último h) de visión al futuro: el llamado a que “tomemos la resolución de que estos muertos no han de morir en vano, que esta nación, protegida por Dios, nacerá de nuevo en libertad y que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la faz de la tierra.” En otras palabras es muy encomiable dedicar a los muertos ese campo de batalla y el cementerio que se creó, pero la mejor forma de honrarlos es hacer que esa nación respire siempre el aire de la libertad por la que aquellos sacrificaron su vida.
Parafraseando las mismas palabras de Lincoln, al texto de su discurso no podemos añadir ni quitar frase o palabra alguna. Sus palabras no necesitan el reconocimiento de la posteridad, tienen gloria por su propio valor.
- Lincoln no utiliza la palabra “democracia” como tampoco aparece, en ningún párrafo, en la Declaración de Independencia. ¿Por qué será?