¿Realmente más rápido es mejor?
Mientras escribo esto, espero mi desayuno en una tranquila calle de la Ciudad de Guatemala, en el barrio de 4° Norte, con una agenda llena de pendientes. De forma paralela, mi madre se encuentra en el hospital, y el tránsito lento y desordenado de la ciudad le da a una mañana que podría ser gloriosa una sensación pesada y pegajosa.
¿Hasta cuándo vamos a pretender que el ritmo acelerado, la destrucción y la desconexión de la naturaleza le hacen bien a nuestro ser?
¿Significa esto que el día es menos hermoso y que la vida es menos asombrosa? ¿O significa que mi enfoque se ha desplazado hacia lo poco agradable y desfavorable? Afortunadamente, tengo la oportunidad de escribir. Y en este instante reflexiono sobre cómo estamos inmersos en una realidad en la que hay poca gente que realmente escucha, y aún menos tiempo para estar a solas con nosotros mismos. De esta reflexión surge una pregunta inevitable: ¿realmente más rápido es mejor? Hoy en día, todos buscan procesos más rápidos, comida más rápida, vehículos más rápidos, carreras más rápidas, relaciones que comienzan más rápido, resultados físicos y financieros más rápidos. Y, desde lo más profundo de mí, nace un impulso claro de decir: ¡Basta ya!
Esta columna es una invitación a hacer una pausa. Cuando los espacios y momentos para convivir escasean, es porque todos están corriendo detrás de algo. Pero ese “algo”, ¿realmente vale la pena si en el camino perdemos el momento y a las personas con quienes lo compartimos?
Hay tres ideas que me gustaría enfatizar, tomando como base que acabamos de pasar la Semana Santa. Primero, algo que todos tenemos en común: algún día vamos a morir. Y, justamente por eso, hoy es nuestra mejor oportunidad para vivir con consciencia y con un profundo agradecimiento. La muerte no es solo un final; es también un recordatorio urgente de vivir el ahora.
Segundo, la espera por lo que anhelamos. Una espera que a veces se vuelve tan intensa que nos separa del presente. En lugar de vivir en función de lo que falta, necesitamos aprender a mirar lo que ya está, a asombrarnos con los detalles, a habitar lo cotidiano.
Y tercero, la anticipación y la energía que trae el saber que siempre hay un nuevo comienzo. Que cada día es una oportunidad para resucitar, para iniciar una nueva etapa. No es únicamente una enseñanza religiosa: es una ley de la vida que se refleja perfectamente en los tres momentos de la historia de Jesús, su muerte, la espera y su resurrección.
Aprovecho este espacio para enviar hoy un mensaje con especial dedicatoria a las nuevas generaciones. Seamos más intencionales con las pausas para reflexionar. Tomemos papel y lápiz y escribamos aquello que ocupa espacio en nuestras mentes y en nuestros corazones. Porque la crisis de salud mental no es abstracta. Es real. Está presente. Y, como sociedad, aún insistimos en creer que podemos ignorarla. ¿Hasta cuándo vamos a pretender que el ritmo acelerado, la destrucción y la desconexión de la naturaleza le hacen bien a nuestro ser?
Mi sugerencia es simple, pero no fácil: informarse, mirar de frente la realidad y luego hacer algo con ella. Buscar, leer, entender la magnitud de lo que estamos viviendo. Y después, con valentía, hacer un espacio para respirar. Y en cada respiro, madurar. ¿A qué me refiero con madurar? A dejar de huir. A abrazar el presente, incluso cuando incomoda. A sostener el silencio sin necesidad de llenarlo de distracciones. A tener el coraje de hacernos preguntas que realmente importan. Porque hoy, más que nunca, en un mundo saturado de ruido, velocidad y estímulos constantes, detenerse no es perder el tiempo: es un acto de resistencia. Y quizás, también, es la única forma real de volver a vivir.