El largo camino para tratar el cáncer en Guatemala
Muchos pacientes con cáncer en Guatemala deben sumar viajes, gastos y trámites al tratamiento, mientras servicios especializados, como la radioterapia, siguen concentrados en la capital.
Humberto Ak’abal llamó Lejanía a un poema de apenas seis versos: “En este país pequeño todo queda lejos: la comida, las letras, la ropa…”. Para Ada Torres Lima, también quedaba lejos la salud.
Desde la aldea El Naranjo, en La Libertad, Petén, tratarse el cáncer de mama significaba viajar durante horas hasta la Ciudad de Guatemala.
La acompañaba su esposo, Abel Gutiérrez Che, de 39 años. Salían de casa a las 10 u 11 horas. El primer tramo hasta Santa Elena tomaba unas cuatro horas en autobús. Allí esperaban otro bus, generalmente de las 18 o 19 horas, que viajaba durante la noche hacia la capital. Si no había accidentes, bloqueos o congestión vehicular, llegaban alrededor de las 3 o 4 horas. Después, todavía faltaba llegar al Hospital Roosevelt.
Con cada viaje, Abel y Ada fueron aprendiendo a calcular mejor los tiempos y a organizar la ruta para llegar a las citas.
Aprendieron a salir un día antes para evitar retrasos por obstrucciones, accidentes o tránsito pesado. Solo en pasajes gastaban unos Q1 mil 240 por viaje de ida y vuelta, sin contar comida ni hospedaje.
El diagnóstico
Antes de aquellos viajes, Ada había consultado por dolor en las mamas. Abel recuerda que inicialmente les hablaron de quistes y cambios hormonales.
En el 2023 estaba embarazada de su tercer hijo y comenzó a llevar el control en el Hospital de San Benito.
Volvió a mencionar la molestia. Le tomaron muestras y la familia pagó para que fueran procesadas fuera del hospital porque, según les explicaron, así obtendrían más rápidamente los resultados. Ocho días después supieron que tenía cáncer de mama.
El nosocomio petenero la refirió al Roosevelt, adonde fue trasladada en ambulancia. Allí comenzó la quimioterapia y durante una etapa debía viajar desde Petén cada 15 días. Cuando había recibido la quinta quimioterapia nació su hija, el 25 de agosto del 2023, en el Hospital Roosevelt. Abel recuerda que los médicos revisaron a la niña y les dijeron que se encontraba bien.
Después, los desplazamientos a la capital continuaron. Más adelante, le prescribieron 30 sesiones de radioterapia, de lunes a viernes, en el Instituto de Cancerología, porque el Roosevelt no presta ese servicio.
Ya no era posible regresar a Petén después de cada sesión. Primero pagaron hotel y luego se alojaron con una prima de Ada en Villa Nueva. Conforme el tratamiento la debilitaba, también cambió la organización de la familia. Durante parte de las radioterapias, la madre de Ada se quedó con ella y Abel regresó a Petén para cuidar a sus hijos y trabajar. Conduce un mototaxi. Familiares, amigos y conocidos comenzaron a enviarles Q100 o Q200 para ayudar con los gastos. Los viajes prosiguieron hasta el 2025, cuando Ada falleció.

La ruta sigue ahí
Para otras familias, sin embargo, ese recorrido persiste.
El 11 de septiembre del 2026, Bomberos Voluntarios auxiliaron a cinco pacientes afectados por un bloqueo en el kilómetro 8 de la ruta al Atlántico. Tres procedían de Petén y se dirigían hacia Cancerología del Hospital Roosevelt.
El episodio muestra una condición que enfrentan quienes dependen de servicios especializados concentrados en la capital: antes de llegar al nosocomio deben superar la carretera.
Jaime Churunel conoce esa dependencia desde otro punto del país. Tiene 66 años, vive en Panajachel y desde hace casi siete años recibe tratamiento por leucemia mieloide crónica en el Hospital General San Juan de Dios.
Cada tres meses organiza su cita alrededor del viaje. Procura que sea jueves para salir desde el miércoles. Pasa por Sololá y Los Encuentros antes de continuar hacia la capital, donde paga hospedaje y, antes del amanecer, toma un taxi para llegar al hospital.
Durante los primeros años, sus hijos contrataban un vehículo desde Panajachel. Costaba unos Q1 mil 200, sin contar alimentación del conductor y estacionamiento.
Después, Jaime hizo cuentas y comenzó a utilizar transporte colectivo.
Cambió dinero por tiempo. Cuando se le pregunta qué ha sido lo más complicado desde que enfermó —las citas, los medicamentos, los trámites o los viajes—, responde: “Tal vez los viajes”.
Después de la consulta, todavía puede esperar hasta alrededor de las 13 horas para recibir su medicamento. Luego emprende el regreso: Hospital General San Juan de Dios, Sexta Avenida, Transmetro, El Trébol, un bus hacia occidente, Los Encuentros, Sololá y Panajachel.
Llegar no es terminar
Patricia Cifuentes vive en la Ciudad de Guatemala, pero su experiencia muestra otra parte del acceso.
Tiene 63 años y relata que se le diagnosticó en agosto del 2022 cáncer de ovario en etapa 3C y metástasis en el sistema linfático. Ahora regresa al Hospital Roosevelt cada 21 días.
“Mientras viva”, responde cuando se le pregunta hasta cuándo deberá continuar con el tratamiento.
Patricia observa también a familias que llegan de la provincia después de pagar transporte y hospedaje. Cuenta que ha visto a pacientes reunir dinero para comprar medicamentos que no encuentran y que ella misma ha colaborado en algunas colectas.
El Roosevelt informó en agosto último que recibe en promedio a cien pacientes nuevos con cáncer cada mes, y reportó un abastecimiento de insumos oncológicos del 85%.
Para Patricia, abastecimiento y disponibilidad no significan necesariamente lo mismo. Puede existir un porcentaje general de insumos y faltar el medicamento específico que un paciente precisa ese día. La carretera, entonces, no siempre termina en la puerta del nosocomio.

Fuera de la capital
El Hospital Regional de Occidente (HRO), en Quetzaltenango, tiene una unidad de oncología desde hace 17 años. Durante el 2026 ha atendido a 296 pacientes, según la portavoz del centro, María del Carmen Sajquim.
Agrega que se cuenta con un oncólogo, personal de enfermería y atención psicológica. Pero los pacientes que necesitan radioterapia todavía son referidos a la capital. El ministro de Salud, Joaquín Barnoya, dijo a Prensa Libre que se trabaja en un mecanismo para que pacientes de la red pública utilicen un centro privado de radioterapia en Quetzaltenango.
Fuentes del HRO precisaron que el esquema todavía no funciona, continúa en proceso y no tiene fecha para comenzar las referencias.
La evaluación imPACT hecha por el Organismo Internacional de Energía Atómica, realizada en Guatemala también documentó la concentración de la radioterapia y la falta de personal especializado.
Cuando se le preguntó cómo descentralizar la atención, Barnoya enumeró cuatro necesidades: recursos, espacio, equipo y personal.
El cirujano oncólogo Sergio Ralón añade otra dificultad. “La navegación del paciente en todo el sistema hace que a veces se pierda o se retrase tanto el diagnóstico como el tratamiento oportuno”, señala.
Ralón menciona, entre otros ejemplos, los requisitos que deben cumplir pacientes del Ministerio de Salud cuando son referidos para radioterapia mediante el convenio con la Liga Nacional contra el Cáncer.
“El convenio Liga del Cáncer-Salud Pública tiene años de ser un problema”, afirma Ralón.
Barnoya responde que la fragmentación incide negativamente en el sistema público, al privado y al Seguro Social, y que es un problema que debe ser resuelto.
Para Ralón, además de ampliar infraestructura, deben fortalecerse los servicios regionales y formar personal. “Los especialistas somos tan pocos en Guatemala que no somos suficientes”, dice.
Uno a la par de otro
Ada murió el 15 de octubre del 2025. Tenía 34 años. Abel continúa en El Naranjo. Trabaja, cuida a sus hijos y está pendiente de la menor, quien permanece durante la semana con familiares y pasa parte de los fines de semana con él.
Considera que la historia pudo ser distinta si hubieran tenido atención especializada con mayor proximidad. Habla del cansancio de Ada después de las quimioterapias y de tener que recorrer largas distancias cuando ya se sentía mal. “Si está más cerca, pues ya no hay que viajar tantos kilómetros”, dice.
Casi al terminar la entrevista, cuando se le explica que contar la historia de Ada persigue mostrar lo que viven otras familias obligadas a desplazarse para tratar el cáncer, Abel deja de hablar.
Durante unos momentos no puede continuar. Solloza. Después retoma la conversación. Cuando se le pregunta qué recuerda de aquellos viajes, no menciona un bloqueo, una terminal ni una noche de hotel.
Recuerda dónde se sentaban. “En todos los viajes que nosotros hacíamos, tratábamos la manera de ir juntos, en los mismos asientos, a la par”, cuenta.
De aquellos recorridos entre Petén y la capital, esa es la imagen que conserva: Ada y él sentados juntos, uno a la par del otro, mientras avanzaban por la carretera hacia el tratamiento.
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oncólogos radioterapeutas se necesitarían en Guatemala para atender la demanda proyectada para el 2030.