¿Quién construyó la bomba?

¿Quién construyó la bomba?

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20/03/2026 00:01
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

¿Estamos ante un fallo inevitable del capitalismo o ante la factura de quienes han manipulado el precio del dinero por décadas?

Richard Bookstaber —uno de los pocos que anticipó la crisis de 2008— publicó recientemente una advertencia inquietante: la estructura financiera mundial regresó a niveles de riesgo sistémico comparables a los de 2007, pero los detonantes ya no son derivados hipotecarios, sino vulnerabilidades físicas que, según él, los modelos convencionales no perciben. ¿Estamos ante un fallo inevitable del capitalismo o ante la factura de quienes han manipulado el precio del dinero por décadas?

Cada vez que un político le diga que la solución a una crisis creada por el Estado es más Estado, recuerde quién construyó la bomba.

Para entender el problema hay que ver completa la cadena causal. Durante buena parte de los últimos 15 años, la Reserva Federal (Fed) y los principales bancos centrales del mundo mantuvieron tasas artificialmente bajas, expandieron sus balances a cifras alarmantes e insinuaron rescates implícitos que eliminaron la disciplina del fracaso, por lo menos entre los “demasiado grandes para fracasar”.

Las señales falsas —que no de mercado— canalizaron capital hacia proyectos cuya rentabilidad dependía de condiciones artificiales, no de ahorro genuino. Es lo que podemos estar viendo ahora con la inteligencia artificial (IA), según Bookstaber. Las empresas tecnológicas más grandes proyectan invertir hasta US$700 mil millones en IA —principalmente en infraestructura— solo en 2026, mientras que los ingresos por esa tecnología no superaron los US$50 mil millones en 2025. No digo que la IA sea un fracaso, sino que la “efervescencia” de la nueva tecnología, empujada, en parte, por el “dinero barato”, puede estarnos llevando al momento “.com” de la IA.

Otro de los indicadores de Bookstaber es el crédito privado. Según él, las reglas de Basilea III y IV no eliminaron el riesgo del sistema bancario, sino que lo empujaron hacia un “mercado sombra” de US$3.5 billones, sin supervisión ni transparencia. En esa línea, ya algunos de los fondos más grandes empezaron a limitar los retiros. Esto, por cierto, es el mismo efecto que ocasiona el incrementar los controles “antilavado”. La regulación endurece una parte del entorno, pero, a la vez, fabrica otra más opaca y peligrosa.

Bookstaber argumenta que la concentración bursátil agrava el cuadro. Las Magnificent Seven —Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla— representan el 33.3% del S&P 500; una década atrás, apenas alcanzaban el 12.5%. Es una apuesta concentrada en empresas cuyas valuaciones dependen de expectativas sobredimensionadas sobre la IA. Y esa concentración no responde solo a fuerzas de mercado: tiene mucho que ver con los subsidios, las exenciones fiscales para centros de datos y los contratos gubernamentales en la IA militar.

Luego está el gran elefante en la habitación: la deuda de los gobiernos. La deuda federal estadounidense supera los US$38 billones y los demás países, desarrollados y no desarrollados, no están en situaciones muy distintas. La deuda actual sobrepasa el 300% del PIB global. El gran detonante de la bomba, según Bookstaber, puede ser un shock geopolítico: el estrecho de Ormuz cerrado, Catar sin producir gas natural licuado, Taiwán bajo presión. Pero nuevamente, estos sucesos no crean la fragilidad; solo la exponen.

¿Se cumplirán esta vez los vaticinios de Bookstaber? No lo sé, pero los signos vitales son preocupantes. Lo que sí sé es que, detrás de la mayoría de las señales que Bookstaber menciona, está la mano peluda de los gobernantes, no del mercado. No le extrañe que, en Guatemala, los políticos quieran usar la crisis como pretexto para recortar libertades, ampliar el gasto —ya hablan de un subsidio a la gasolina en lugar de quitarle impuestos— y trasladar la factura al tributario. Cada vez que un político le diga que la solución a una crisis creada por el Estado es más Estado, recuerde quién construyó la bomba.

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