Adiós a las aulas…
El 12 de octubre de 1957, antes del acto en que se me entregaría el título de Maestro de Educación Primaria, sentado a la orilla de mi cama en el internado de la Escuela Normal, medité si yo tenía vocación para ser maestro, pues mi horizonte, desde la infancia, estaba dibujado con el deseo de […]
El 12 de octubre de 1957, antes del acto en que se me entregaría el título de Maestro de Educación Primaria, sentado a la orilla de mi cama en el internado de la Escuela Normal, medité si yo tenía vocación para ser maestro, pues mi horizonte, desde la infancia, estaba dibujado con el deseo de ser médico. Pero, la circunstancia económica hacía imposible ese propósito, y si quería llegar a la Universidad, era necesario trabajar y eso obligaba a buscar una Facultad que tuviera un horario vespertino. Estudiar Derecho era la opción. Así que, gracias a la beca “Filadelfo Salazar”, que me concedió el Colegio de Abogados, me inscribí en la Facultad de Derecho, en donde, para mí, el atractivo no era solo el Derecho, sino la arquitectura de su romántico edificio. No fui un aventajado estudiante; pero, sí muy disciplinado y por eso me gradué en seis años y cinco meses, el 22 de mayo de 1964. Cuando terminó la idílica vida del internado en la Normal, pasé a otro internado en la Residencia Universitaria de la Usac, que funcionaba en la quince calle y décima avenida de la zona 1, a un costado de Sanidad Pública. Allí, por 25 quetzales, la Universidad nos ayudaba a los que veníamos de la provincia. Vivir allí significaba el privilegio de ir a las facultades a pie y no gastar más que las suelas de los zapatos. Casi todas las facultades quedaban en el centro. Y había que trabajar. La primera oportunidad que se me presentó fue como locutor en la Radio Musical, frente a Prensa Libre; pero, no conseguí la chamba porque en el período de prueba, al poner un disco de Mozart en la tornamesa, resultó que tenía un cortocircuito y cuando me agarró, dije: “puta”. Entonces me dieron las gracias. Como maestro conseguí un interinato en el Grupo Escolar Centroamericano, una escuela laboratorio que dirigía la maestra Elvia Escobar Quintana. Allí se ponían en práctica nuevos métodos de enseñanza aprendizaje, como las unidades de trabajo, los centros de interés, el método global y otros que nos enseñó don Arcadio Madrid. Después fui alfabetizador de los trabajadores municipales de la limpieza de calles y avenidas, que asistían por las tardes a un predio frente al INCA. Era un reto penetrar en el cerebro de esos humildes servidores de la ciudad. Después, don David Arroyo, que había sido mi profesor de historia en la Normal y que era Director de Educación en el Ministerio, me ayudó para ser nombrado profesor en una sección del Instituto Nacional Central de Varones, así que de Güifa pasé a ser Sheca. Las paradojas de la vida. Del tingo al tango y de colegio en colegio, trabajaba en el magisterio privado, en La Juventud, en el Guatemala Institute y por la noche en la Escuela de Comercio de la décima avenida, en un curso de derecho mercantil para los peritos contadores, gracias a mi recordado maestro Salvador Búcaro Salaverría, quien era director de la jornada nocturna; él me propuso para trabajar en la noche. Ya graduado, era decano de la Facultad el licenciado Rafael Zea Ruano, quien sacó a oposición varias plazas de auxiliares de cátedra. Yo me postulé para derecho mercantil y el jurado me aprobó. Confieso que tuve el temor de sufrir rechazo de los estudiantes por ser recién graduado, como así fue de parte de algunos resentidos de cuyos nombres no quiero acordarme. Solo un estudiante, ya mayor, me alentó a no hacerle caso a la envidia: el historiador Pepe Torón Barrios. Y así, desde 1964 me dediqué a la administración y a la docencia universitaria, pues fui secretario de la Facultad, director del Bufete Popular y profesor de Derecho Mercantil, Filosofía del Derecho y Derecho de las Obligaciones. Con esos estudios fui encontrando y comprendiendo lo intrincado de los problemas jurídicos, experimentando una escasa predilección por el litigio. Lo que sí me satisfizo fue desempeñarme como magistrado en la Corte Suprema de Justicia. En la labor docente he tratado de hacer conciencia para que se entienda que las leyes, salvo excepciones, no son malas; la maldad está en quienes las interpretan y aplican. De esa cuenta, toda mi ocupación ha sido la docencia y la asesoría administrativa, convencido que cualquier ciencia que hubiera estudiado, de algún modo habría terminado enseñando y aprendiendo. Después de 69 años de magisterio, no puedo dudar que nací para maestro y que la duda de 1957 era eso: una duda ya resuelta. He servido en las Universidades de San Carlos, Rafael Landívar, Mariano Gálvez, Francisco Marroquín y en los centros universitarios de Chiquimula, Quetzaltenango, Zacapa y Chimaltenango. Así, ha llegado el momento de decirle adiós a las aulas, para dedicar mi tiempo a leer, escuchar buena música, a cultivar flores y seguir colaborando con La Hora. Con todo este hacer aprendí demasiado, pues como dijo Tito Monterroso: “No enseño, aprendo”. Al final, en noviembre, en la Universidad Mariano Gálvez y en el Centro Universitario de Zacapa, daré mi última clase de Derecho Constitucional. No será sobre un tema sustantivo, sino llamar a los abogados a que defiendan los valores de la democracia y que no contribuyan con sus actos a crear la sospecha de la ineptitud del Derecho para una sociedad mejor. Gracias a mis alumnos de la primaria, de la secundaria y de las universidades. Confieso que no me equivoqué al ser maestro porque, como dijo el poeta: caminante no hay camino, se hace camino al andar y yo, en mi circunstancia, hice mi camino.