Los cementerios, guardianes del tiempo en el día del fiambre
“La tradición no es el culto a las cenizas, es la transmisión del fuego que habrá de iluminar a las nuevas generaciones.” G. K. Chesterton. Con los fríos de noviembre las luces se amortiguan y las cortinas van tapando el gran escenario de la vida. Los vientos del norte preludian los ritos del cierre. Los […]
“La tradición no es el culto a las cenizas, es la transmisión del fuego que habrá de iluminar a las nuevas generaciones.” G. K. Chesterton.
Con los fríos de noviembre las luces se amortiguan y las cortinas van tapando el gran escenario de la vida. Los vientos del norte preludian los ritos del cierre. Los almanaques marcan el final de las cosechas. La noble tierra nos ha prodigado su energía vital y así las plantas vencidas por el esfuerzo productivo subliman sus últimas energías para entregarnos su valiosa cosecha. También los campos necesitan reposo, al igual que los campesinos y los labriegos. Empiezan los hielos, las nevadas, las lloviznas, las tormentas y los paisajes blancos y grises. Los días son más cortos y más largas las noches. Según sea la latitud, empieza a oscurecer a las 4 o 5 de la tarde y amanece a las 7 u 8 de la mañana. La noche más extensa nos inspira reflexiones que se relacionan con ese ritual que, desde hace siglos, se ha venido repitiendo.
Las montañas de Guatemala se preparan, se visten de amarillo, arropadas por las flores de muerto, las que se cortan para “enflorar” las tumbas de nuestros seres queridos que el día de ayer nos dijeron “hasta pronto” y que no se han ido. “No sé qué tienen las flores del camposanto, Llorona, que cuando las mueve el viento parece que están llorando”. El cementerio es el templo mayor donde culminan las ceremonias; en ese recinto sagrado donde pareciera que no existe el tiempo o que allí adentro el tiempo juega a favor de los muertos. Cuando niño, el cementerio era un lugar lóbrego y ajeno. “Aquí está enterrada la tía Tere”, que ni la conocí. “Allá reposa el tío Chepe”, a quien apenas recordaba. Un poco más lejos está la tumba del tío, hermano del abuelo. Eran, pues, referencias abstractas de personas para mí, imaginarias. Pero poco a poco el camposanto se ha ido ocupando por “personas conocidas” que iban dando personalidad a los mausoleos. “Esta es la tumba de la abuela”, luego “de mi tío Juan”, luego “de mi padre”. Así, el cementerio se convirtió de repente en un lugar acogedor, en un centro de reunión familiar.
Y el cementerio espera. Y en contexto de eternidad, sus relojes resaltan la insignificancia de las horas humanas. Un lugar, allí dentro, nos está esperando. Es que a todos nos persiguen los años y, sin avisar, “la edad se nos vino encima, sin carnaval ni concierto”. Ni siquiera el espejo nos previene de esa avalancha porque siempre nos vemos “igual”. No es el espejo, son los otros los que resaltan nuestras arrugas y canas, acaso calvicie. Son los otros los que se fijan en nuestros ojos cansinos. Nosotros seguimos igual. Pero envejecemos, como todo.
En muchas comunidades budistas cuidan primorosamente sus templos, que duran siglos, pero también dejan que algunas estupas (pequeños templetes o montículos) se deterioren. No es que los abandonen, es a propósito que no les dan mantenimiento; las dejan a merced del tiempo. Los fieles contemplan impasibles cómo se van despintando, cómo el moho y el musgo cubren el ladrillo y la madera se pudre. Ese proceso forma parte de la meditación profunda: si hasta la estupa del maestro se cae, ¿qué esperas de tu cuerpo? Ello forma parte de la idea central del budismo: todo lo material es impermanente, envejece, se rompe y desaparece. En Occidente la ruina implica descuido; en Oriente, la ruina sirve de enseñanza.
El deterioro de las estupas es para que todos vean el principio de “la anicca”, inclemente que es por afuera para recordar el tesoro sutil que se lleva adentro. Si hasta lo sagrado se deshace, ¿qué parte de ti crees que se va a quedar? “Anicca” (principio budista) no dice «nada importa porque todo se acaba». Dice justo lo contrario: «como todo se acaba, importa cómo estás con lo que está pasando ahora mismo».
Y al igual que las estupas budistas, todo se va deteriorando, acabando. Obviamente, vamos primero nosotros, las personas, pero también se van desvaneciendo las familias, los linajes. Una breve visita al Cementerio General de la ciudad de Guatemala nos transformaría nuestra comprensión de la existencia. En ese camposanto, inaugurado por J. R. Barrios en 1881, las personas más prominentes de ese tiempo escogieron predios enfrente de la avenida principal. Las “familias de bien” se habrán disputado los mejores sitios para resaltar su nivel social. Es claro que, al contrario, un visitante pasajero en Guatemala o un transeúnte no habría de adquirir un lote “prime” del cementerio recién inaugurado.
Pero también los linajes se van desvaneciendo. Llama la atención cómo muchos de esos apellidos se han perdido y eso que, repito, eran familias muy destacadas en esos años del final del siglo XIX. Muchos apelativos parecen que se esfumaron con el tiempo, sobre muchos cognombres de origen italiano o nor-europeo. Todo indica que venían a afincarse en Guatemala por el auge que se prometía y qué mejor manera de posicionarse que adquirir mausoleo sobre la calle principal. Donde todos los vieran. Donde se podían codear con la nata de la nata. Claro, no todos los patronímicos se han esfumado; por el contrario, se leen bastantes apellidos que se han replicado en las actuales sociedades, como García, López, Estrada, Aguilar, Durán, entre muchos.
En un breve recorrido por la entrada del camposanto se leerán los nombres en las inscripciones (si es que no se han robado las letras de metal o las placas de mármol). En adición a los apelativos de hoy día, hay otros como Ziegeltrum, Laberee, Vermuth, Mussella, Mature, Cortave, Cristales, Romarolli, Bascome, Hodgsdon, Wilhelm, Schoenbeck, Schulitz, Sohanin, Markus, Bentzen, Bertholin, Hoffens, Morrazo, De Gibraltar, Reiche, Dorigoni, Stormont, Rovelo, Gaborit, Mendía, Du Teil, Rendueles, Piatovsky. Allí están sus nombres, en las dos calles principales. Pero ¿qué se hicieron? Muchos de estos apellidos no los había escuchado. No digo que no haya descendientes y para ellos mis respetos; en ese sentido habrán de disculparme.
Otros apellidos sí los he escuchado, pero no con la preponderancia que habrán tenido a finales del siglo XIX: Santeliz, Servent, Olaverri, Barros, Schaeffer, Russo. Mi análisis no es genealógico, es más filosófico. Es por esa vida que se nos escapa y que, por lo mismo, no debemos estar tristes; al contrario, felices de las oportunidades que Dios nos da en este momento.
Que gocen el fiambre, que más que una delicia culinaria es una ceremonia que hemos heredado y que debemos transmitir a las nuevas generaciones.
PD. El arriba citado, Chesterton, dijo que “la tradición es la democracia de los muertos”. ¡Viva la democracia!