LÁZARO, ¡LEVÁNTATE! Lorenzo Fer Nos relata Juan: ““Y dicho esto, gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y el muerto salió de la tumba con las manos y los pies envueltos con vendas de entierro y la cabeza enrollada en un lienzo. Jesús les dijo: “¡Quítenle las vendas y déjenlo ir!”” Por cierto, el […]
LÁZARO, ¡LEVÁNTATE!
Lorenzo Fer
Nos relata Juan: ““Y dicho esto, gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y el muerto salió de la tumba con las manos y los pies envueltos con vendas de entierro y la cabeza enrollada en un lienzo. Jesús les dijo: “¡Quítenle las vendas y déjenlo ir!”” Por cierto, el texto habla de “el muerto” quien, por sus propios medios, salió de la tumba. Era un muerto por cuanto recientemente había fallecido y hasta había sido vendado y sepultado. Hasta olía. Pero no era muerto por cuanto caminaba.
Todos, menos Jesús, estaban maravillados, pero también estupefactos. No se podían mover, ni hablar, ni pensar. Entre ellos Juan, el único evangelista que registró este portento. Tan pasmado habrá quedado que no se le ocurrió hablar con el resucitado. “Lázaro. ¿qué sentiste en estos cuatro días? ¿Qué nos puedes compartir de ese sueño profundo que tuviste? ¿Viste alguna luz o tuviste encuentro con alguien? O ¿sólo dormías?” Conste que, aunque Juan se le hubiera acercado, el propio Lázaro estaba tan anonadado que solo hubiera balbuceado algunas incongruencias. No hubiera sabido qué contestar.
Betania se encontraba a “quince estadios” (que los glosadores bíblicos equiparan a tres kilómetros), y era un lugar que Jesús frecuentaba; es posible que lo haya escogido como su alojamiento en sus viajes a Jerusalén. Allí se dio la “discusión” entre la afanosa Marta y la devota María: “Ay Marta, te preocupas demasiado por muchas cosas.” En ese mismo poblado, en la casa de Simón el leproso, María ungió sus pies con un perfume muy costoso de nardo puro, como preludio de la sepultura del Mesías. Tras la entrada triunfal el Domingo de Ramos, Jesús se retiraba cada noche a Betania, para descansar (Mt 21, 17; Mc 11, 11). El camino para el sitio de la Ascensión pasó por Betania. En algún sentido eran como su familia. Es evidente que los discípulos eran amigos del Rabí al mismo tiempo que sus compañeros en la difusión de la Buena Nueva, pero en otro orden de ideas los más amigos de Jesús eran los tres hermanitos de Betania, entre ellos, Lázaro: “lo quería mucho”.
En esta lectura de domingo de Cuaresma se comprenden dos escenas muy interesantes. Una, nos presenta un “reclamo” que se le hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Así le dice, la llorosa Marta, acaso con voz chillona. Era una queja y una protesta (culpa tuya, por no haber estado aquí). Jesús, siempre sosegado, tranquilo, aquí parece elevar la voz, casi enojado: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.” Marta de inmediato se tranquilizó: “Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.
El milagro de la resurrección de Lázaro se destaca como la séptima y última “señal” de Jesús antes de su pasión, para demostrar que Él está encima de la muerte, que Él es “la resurrección y la vida”. Y ese grito potente, que hizo temblar la piedra, se repite en nuestros oídos: Regina, Claudia, Inés, Arturo, Luis, Martín, etc. etc. ¡Levántense!
- Vuelvo a la pregunta: si Juan le hubiera preguntado a Lázaro por su experiencia ¿qué le habría contestado?