Que el mundo mire en la misma dirección

Que el mundo mire en la misma dirección

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07/05/2026 00:01
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

Fue un torneo pequeño, casi artesanal.

Entre el quehacer diario, guerras en Europa, Oriente Medio y África, el drama del fiscal general y otro amparo otorgado o denegado por la CC, hay un rayo de luz: se acerca el Mundial de Fútbol. La historia comienza con Jules Rimet, quien tuvo una intuición audaz en una Europa marcada por la Primera Guerra Mundial: si los países iban a competir, mejor que lo hicieran con una pelota, y no con cañones. El Mundial de Fútbol nació como una idea improbable y una hazaña logística; hoy es una maquinaria épica global, con tecnología de punta y un toque de circo romano con WiFi.

Si los países iban a competir, mejor que lo hicieran con una pelota y no con cañones.

Las reglas del fútbol fueron codificadas en 1863 por The Football Association: once por lado, dos porterías y un balón. El primer mundial de la FIFA se jugó en Uruguay, en 1930, sin eliminatorias, con doce equipos invitados, más el anfitrión. Varios equipos europeos, así como Egipto, no participaron porque el viaje tomaba semanas en barco y costos considerables que no recuperarían. Fue un torneo pequeño, casi artesanal, en el que se jugaron 18 partidos en tres canchas que variaban de tamaño y condición; algo de grama y bastante barro. Uruguay ganó la final 4 a 2 frente a Argentina; Estados Unidos quedó en tercer lugar y Yugoslavia, que ya no existe como país, en cuarto.

La evolución del torneo es un relato de expansión y globalización. De 13 equipos se pasó a 16 durante décadas, luego a 24, después a 32. En la Copa Mundial 2026, tras un largo proceso de clasificación, participarán 48 selecciones y se jugarán 104 partidos. Lo que empezó como una reunión relativamente íntima, hoy es un extendido festival global y exige la logística de una pequeña guerra, con replay de batallas, exhaustivo análisis y patrocinadores.

En 1930, el Mundial se vivía por radio. Amplificada con emoción y dramatismo, la voz del narrador era el único lente disponible, y el oyente reconstruía el partido en su imaginación. La televisión apareció tibiamente en 1954 y alcanzó un hito en 1970 con la primera transmisión a color. Lo recuerdo bien; el papá de unos amigos compró un televisor a color para ese mundial y la sala estaba llena de patojos. Hoy, el espectador puede ver el partido en alta definición y revisar jugadas polémicas antes de que el árbitro decida.

La dimensión económica del Mundial es enorme. En 1930, asistir a un partido era relativamente accesible; las entradas al mundial 2026 tienen precio de lingote de oro. Aun así, se reportan 500 millones de solicitudes para boletos y los ingresos proyectados por el torneo alcanzarán US$13 mil millones.

El trofeo empezó a llamarse Copa Jules Rimet en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, para conmemorar el carácter original del torneo. El diseño representaba a Nike, la diosa griega de la victoria, sosteniendo una copa octogonal; estaba hecha de plata esterlina, recubierta de oro. Brasil la ganó definitivamente tras su tercer título y pasó a ser su custodio. Sin embargo, hay un misterio: el trofeo fue robado en Río de Janeiro en 1983 y nunca se recuperó. Se presume que fue fundido, un final irónico para un objeto tan simbólicamente valioso comparado con el valor de sus elementos. Mi teoría, sin evidencia alguna, es que se la quedó algún coleccionista perverso.

Rimet organizó un torneo y creó una institución cultural global. Comenzó como un intento de unir al mundo a través del fútbol y terminó convirtiéndose en el evento más visto del planeta. Aunque el Mundial de 2026 será una maquinaria gigantesca, sigue latiendo esa intuición inicial de que un juego sencillo puede, al menos por un momento, hacer que el mundo mire en la misma dirección.

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