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La IA y el genio de la botella

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La IA y el genio de la botella
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Todo pareciera indicar que con las nuevas tecnologías corremos como caballos desbocados hacia un peligroso acantilado.

En una de las navidades de los años 70, mi abuela me obsequió un libro ilustrado sobre los principales avances tecnológicos de la humanidad. Dado que el texto estaba dirigido a niños, el libro presentaba cada tema con dibujos bien logrados, transmitiendo así los principales logros de la ciencia. Recuerdo que uno de ellos, que era muy actual para la época, era la exploración espacial y los hitos de la llegada a la Luna. Pero otros temas no eran tan auspiciosos. Había un capítulo que se abría con una imagen a doble página. En la izquierda había un dibujo de un genio —una figura descomunal y fantasmal— que escapaba de una botella recién abierta por una persona de bata blanca. En la imagen de la derecha aparecía el hongo de nubes producido por una explosión nuclear.


El texto que acompañaba a la imagen recordaba aquellos cuentos árabes en los que alguien encontraba una botella en el desierto y que al abrirla liberaba a un genio muy poderoso. Explicaba el autor que el hombre, al haber descubierto la fisión del átomo, había liberado las fuerzas suficientes para provocar la destrucción de la humanidad en un solo acto. Es preciso recordar que aquel libro se publicó precisamente en el punto más álgido de la Guerra Fría. Para un niño, la lección era cómo regresar al genio de vuelta a la botella o esperar a presenciar el fin de la humanidad como tal.


Con el tema de la inteligencia artificial (IA), la humanidad nuevamente ha regresado a la discusión de las profundas implicaciones que esta herramienta tendrá. Hay quienes sostienen que hemos liberado de nuevo al genio de la botella. Algunos ejemplos de esta preocupación están situados en la capacidad que esta tecnología tiene para controlar procesos y máquinas sin llegar a responder a los comandos humanos. O el hecho de que pueda desarrollar capacidades para autorregenerarse creando una red progresiva e inapagable. O la habilidad de desarrollar un propio lenguaje de comunicación entre máquinas, que sea para la inteligencia humana completamente indescifrable y, por tanto, incontrolable.

Hay quienes sostienen que con la inteligencia artificial hemos liberado de nuevo al genio de la botella.


El asunto no es poca cosa. El papa León XIV ha dedicado su primera encíclica —la que suele definir la prioridad de un pontificado— al abordaje de la IA desde una perspectiva humana. Las grandes compañías comparten información de los avances y también de los casos en los que han tenido contingencias. Los gobiernos se aprestan a discutir marcos regulatorios. Todo pareciera indicar que corremos como caballos desbocados hacia un peligroso acantilado. Sin embargo, es importante no dejarse vencer por la desesperanza.


La humanidad ha encontrado siempre la forma de reconducir, de alguna manera, el genio de vuelta a la botella. Lo hizo con el poder nuclear. Lo hizo también con los retos que inicialmente le planteó la robótica o el descubrimiento de los códigos genéticos, ambos asuntos que amenazaban con poner a la ciencia a jugar el papel de Dios. Pero lo cierto es que ninguno de estos temas se ha quedado solo con respuestas de la mera ciencia. Abre debates filosóficos, teológicos, antropológicos y existenciales que deberían siempre tomar preeminencia para que no nos olvidemos de la razón y fin último de nuestra especie. Para ello acude en nuestra ayuda Magnifica humanitas, de León XIV.


En un panel reciente discutíamos sobre cómo poner de vuelta al genio en la botella. Concluimos que nuestra primera tarea es elevar nuestra capacidad de juicio crítico, para poder discernir cómo usar una herramienta y no ser esclavo de ella. Al fin de cuentas, a nuestras cabezas no entra el genio.

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