La agresión a Irán marcará un punto de inflexión a escala mundial
¿Punto de inflexión? Cuando el derrotero de la historia se modifica radicalmente se suele decir que se producen puntos de inflexión que marcan el tiempo histórico. Eso ocurrió en 1453 con la caída del Imperio Bizantino y de Constantinopla en poder de los turcos, acontecimiento que marcó el fin de la Edad Media; en 1648 […]
¿Punto de inflexión? Cuando el derrotero de la historia se modifica radicalmente se suele decir que se producen puntos de inflexión que marcan el tiempo histórico. Eso ocurrió en 1453 con la caída del Imperio Bizantino y de Constantinopla en poder de los turcos, acontecimiento que marcó el fin de la Edad Media; en 1648 ocurrió lo mismo con el fin de las guerras de religión, la firma del tratado de Westfalia y el surgimiento del derecho internacional; en 1789 con la Revolución Francesa y el fin de las monarquías absolutas; en 1815 con la firma de la paz de Viena y de las guerras napoleónicas; en 1914 con la Primera Guerra Mundial y la disolución de los grandes imperios centrales europeos como el ruso, el alemán, el austro-húngaro y el otomano; en 1945 con el fin de la Segunda Guerra Mundial, la derrota del eje nazi-fascista y el establecimiento de Naciones Unidas; en 1989 con la caída del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y la disolución de la URSS algo que dio lugar a que algunos especularan con el “fin de la historia” (Fukuyama), pero para otros lo que hubo fue un “choque de civilizaciones” (Huntington) narrativa que no por ideológica fue menos influyente.
¿Es posible que el año 2026 marque el fin de ese Imperio y sus intentos de hegemonía mundial? Tanto la concepción decimonónica de Halford Mackinder sobre el “corazón del mundo” euroasiático que pretendía asegurar la supremacía del imperio británico en Eurasia como el bien conocido libro de Zbigniew Brzezinski “El Gran Tablero Mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos” (1997) expresaron las narrativas que buscaban justificar los motivos por los cuales una superpotencia –los británicos a fines del siglo XIX y ahora sus émulos en el norte de nuestro continente– se proponían el dominio mundial. Ambas potencias marítimas, Inglaterra por su condición insular y Estados Unidos porque ante la gigantesca “isla mundial” euroasiática (el pivote geográfico” de Mackinder) se quedan pequeños y para tener el dominio mundial tienen que proyectar su poder militar, por medios navales, hacia Eurasia que incluye al Medio Oriente y, por supuesto, a la nueva ruta de la seda de China incluyendo los corredores comerciales de los BRICS. En efecto, aunque sean una isla geopolítica bien resguardada geográficamente –las fronteras estadounidenses este y oeste son dos grandes océanos y al norte tanto Canadá (¿51 estado de la Unión?) como nosotros (su “traspatio”) no constituimos amenaza alguna–. Las elites del país del norte mantienen su delirante ambición por una hegemonía mundial, no se resignan a la decadencia imperial y se niegan a retornar a una dimensión republicana en un orden multipolar que rechaza hegemonías.
No obstante, Washington se niega a aceptar que, una vez superada la amenaza nuclear que representaba la Unión Soviética y sus misiles balísticos intercontinentales (ICBM) gracias al fin de la Guerra Fría, debe reconvertirse a un país normal, república o Estado nacional que conservando su gran poderío económico y de todo orden no debe tratar dominar al mundo: ¿Qué hacen los Estados Unidos imponiendo sanciones o aranceles arbitraria y unilateralmente? ¿Qué hacen con sus bases militares el Medio Oriente, tratado de desmembrar a Rusia, o en el “Indo-Pacífico” y en el extremo oriente desafiando a China? La única respuesta plausible es la que explica la política exterior del Pentágono (el complejo militar-industrial para ser exactos) y de la Casa Blanca como una forma de dar continuidad a la concepción geoestratégica de Mackinder acerca del pivote geográfico de la historia (o “corazón del mundo”) euroasiático llevada a cabo por Brzezinski.
Esta concepción geopolítica se tradujo en la puesta en marcha de la ampliación de la OTAN y el intento de desmantelar Rusia utilizando a Ucrania como ariete, la disolución de la antigua Yugoeslavia junto a la “rebalcanización” de esa región, la guerra contra los talibanes en Afganistán, la invasión de Irak en el 2003 y el derrocamiento de Saddam Hussein, los derrocamientos de Gadafi en Libia y de Assad en Siria así como la desintegración territorial de los dos países, la división de Sudán y el mismo establecimiento del Estado de Israel, punta de lanza neocolonial destinada a asegurar el control sobre los vastos recursos energéticos de la península arábiga, el secuestro de Maduro en Venezuela, el bloqueo de Cuba y, por supuesto, el alevoso ataque contra Irán del 28 de febrero pasado ataque que busca la destrucción del país persa para dar cumplimiento a los objetivos trazados por el régimen sionista que gobierna Israel y que ha provocado el genocidio de la población palestina en Gaza rechazando la creación de un Estado palestino en pie de igualdad con Israel.
En tales circunstancias ¿es posible que estemos ante un punto de inflexión histórico que marque el fin del imperio americano? ¿ Podría Irán ganar una guerra contra la mayor superpotencia militar del planeta? Expertos militares como Douglas MacGregor, Scott Ritter o Daniel Davis y académicos como John Mearsheimer o Jeffrey Sachs coinciden en que, tratándose de una cuestión existencial, es decir dado que los iraníes afrontan un ataque que busca su destrucción como nación soberana basta con que resista y sobreviva para que se pueda hablar de su triunfo. Y como, a diferencia de otros países Irán es además la cuna de una gran civilización cuyos orígenes se remontan a dos milenios antes de nuestra era, es claro que tiene las condiciones para hacerlo. A ello agreguemos que Irán viene preparándose para esa guerra con Estados Unidos por lo menos desde el 2003, año de la invasión ilegal de Irak por Bush hijo. Esto le ha permitido dotarse de una industria militar para la fabricación de misiles y drones, además de una infraestructura subterránea para evitar su destrucción desde el aire, más un ejército de tierra de un millón de efectivos más las decenas de miles de combatientes de la guardia revolucionaria.
Trump y Netanyahu le apostaron a una victoria rápida gracias a la decapitación de la cúpula religiosa y militar del país el primer día de ataques. Mataron al Ayatollah Jamenei, máximo líder religioso del país, a su esposa, hija y nietos en su residencia. Ese mismo día y para sembrar terror en la población civil atacaron una escuela de niñas asesinando a 148 escolares y bombardearon Teherán y otras ciudades indiscriminadamente. Pero la respuesta estaba cuidadosamente planificada: drones y misiles llovieron sobre las bases militares norteamericanas de los países del golfo (Qatar, Dubái, Emiratos, Kuwait, Bahrein) y sobre Israel en Tel Aviv y Haifa. La apuesta de los agresores no se materializó y las consecuencias las estamos viviendo porque además los iranies decidieron cerrar parcialmente el estrecho de Ormuz –por donde transita el 20% del petróleo mundial– , en donde ahora solo pueden pasar barcos con bandera de países que no sean enemigos y paguen peaje. La estrategia iraní es clara: causar una disrupción de la economía mundial de tal magnitud que sea el mundo entero el que exija a Trump y a Netanyahu detener una guerra tan insensata como infame.
Sin embargo, aunque los intereses estadounidenses no están para nada en juego en esta desventura militar –son los de Israel– es difícil que el inquilino de la Casa Blanca se rinda a la evidencia que está perdiendo la guerra (se lo impide el affaire de Epstein, además de sus propios desvaríos psicopáticos), pero ahora se dice que está considerando enviar tropas sobre el terreno para ocupar la isla de Kharg, en donde se encuentran las principales instalaciones iraníes de refinamiento y exportación de petróleo precisamente cuando el desabastecimiento de combustibles requiere del petróleo, venga de donde venga y a sabiendas que la artillería y el fuego de misiles y drones desde territorio continental las destruiría. De modo que semejante desembarco no solo sería suicida para los invasores sino que contribuiría a la debacle económica mundial.
Por otra parte, y volviendo a ese (todavía) hipotético desembarco de tropas, por muy de élite que sea la 82 División Aerotransportada, para invadir un país que tiene tres veces la extensión territorial de Francia y 95 millones de habitantes se requeriría por lo menos un millón de tropas dejando a un lado que esto se debió planificar con suficiente anticipación, pues en 1991 solo en la operación desert storm contra Irak –un país más pequeño y con menos habitantes combatieron 750,000 militares– y un número aún mayor se requirió en la guerra ilegal de Bush contra el mismo país en el 2003. Además, en el primer caso la invasión de Kuwait ocurrió en agosto de 1990 y las tropas (autorizadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas porque se había violado la soberanía e integridad territorial de Kuwait) bajo la conducción de Colin Powell desembarcaron hasta fines de febrero de 1991, más de seis meses después.
Sin embargo, ahora –como dice Mearsheimer– todo parece indicar que como ocurrió al Titanic no se podrá cambiar de curso para evitar el choque contra el iceberg, entre otras razones porque Trump solo escucha las loas de su entourage cercano omitiendo el consejo de los expertos del Deep State, que a pesar de ser los padres de la criatura ahora están afuera del pequeño círculo de toma decisiones. Ningún experto militar recomendaría estrellarse contra un iceberg y menos aún cuando los iranies están provocando una catástrofe económica global para obligar a detener la guerra. En efecto, a diferencia de Trump y adláteres que improvisaron acciones espectaculares pensando que eso bastaría para que el régimen se viniera abajo, en Teherán si tenían y mantienen una adecuada estrategia para responder a la agresión que esta vez no incluye la diplomacia porque cada vez que han intentado esa vía han recibido puñaladas traperas como sucedió durante las últimas negociaciones mediadas por Omán. Por eso las mentiras de Trump hablando de nuevo de ello son patéticas, por decir lo menos.
Finalmente, en un podcast reciente el analista ruso Stanislav Kaprivnik, que ha trabajado en la industria petrolera dice que la destrucción provocada en los campos petroleros de los países del Golfo es de tal magnitud que llevará años ponerlos de nuevo a producir, de modo que sobre el terreno lo que existe es un colapso (no una crisis) en la producción de combustibles y fertilizantes y su escasez será determinante de una crisis económica mundial de manera que no solo por la guerra (o por el cierre del estrecho de Ormuz) el pronóstico es que tan pronto como el próximo invierno los europeos, por ejemplo, se verán obligados recurrir al gas y al petróleo rusos si quieren evitar estallidos sociales de gran magnitud. Los despachos noticiosos dicen también que el canciller iraní ha sido muy directo al ser cuestionado de por qué no buscan la paz con Estados Unidos “su respuesta fue tajante: la intención no es negociar sino darles una lección tan dura que ni siquiera piensen en volver a atacar a su nación o a cualquier otro país. Lejos de buscar un acuerdo diplomático esta es una postura estratégica y desafiante. Ceder ante las presiones norteamericanas significaría dar luz verde para que este patrón de amenazas se repita en cada rincón del planeta ‘si nosotros cedemos seguirán haciendo lo mismo en todo el mundo’ sentenció el funcionario…La tensión marca un nuevo límite en la diplomacia mundial. Parece que Estados Unidos encontró la horma de sus zapatos ante una nación que prefiere el enfrentamiento firme y enseñar una dura lección antes que doblegarse”. Ojalá que el mundo entero haga escuchar su voz, el Vaticano considerando el hecho que el Papa León XIV es norteamericano, o incluso, tal vez, los judíos no sionistas de Estados Unidos (el American Israel Public Affairs Committe AIPAC, por ejemplo) influyan para que Trump ponga fin a esta guerra unilateralmente De lo contrario podríamos estar ante el Armagedón con que sueñan los fanáticos religiosos. En todo caso, si la guerra se detiene (y hagamos votos porque así sea) habrán triunfado los iraníes gracias a una resiliencia que también habrá marcado un punto de inflexión histórico al poner fin al Imperio.